Entrevista a Pablo Aranda

Entrevista a Pablo Aranda

Para ser un héroe es necesario que haya alguien para constatarlo, se dice Jaime, el protagonista de «El protegido» (Malpaso), la última novela de Pablo Aranda. Y qué mejores ojos para evidenciar la capacidad de este escritor-héroe para manejar-jugar con el lenguaje que sus lectores. Aquí les dejo la charla que he mantenido con él y aprovecho para invitarlos a acercarse esta tarde a las 20hs a la Feria del Libro de Málaga para la presentación de esta bellísima obra.

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Si pudiésemos preguntarle a Kafka ‘por qué escribes’ ¿no crees que nos hablaría de la literatura como una especie de talismán existencial? ¿Podríamos decir que existen dos grandes grupos de escritores: el de los que escriben para sobrevivir y el de aquéllos que lo hacen con el deseo de divertirse jugando con el lenguaje? ¿En qué grupo te pondrías?

—Escribo, tengo que escribir. Imagino que podría vivir sin escribir pero sería menos feliz, seguro. Buscaría huecos para juntar unas pocas frases. Pero no sé bien por qué lo hago. Y cuando lo hago me gusta divertirme con el lenguaje, pero también cruzar desiertos con el lenguaje, bucear por el interior de algunas personas. Reír, y también llorar. Escribo para sobrevivir y a veces juego con el lenguaje.

Hilando esta pregunta con la anterior me gustaría saber cómo fue tu acercamiento a la literatura y qué tipo de libros persigues y disfrutas como lector y como escritor.

—Mi acercamiento fue a través de dos muebles cargados de libros que había en mi casa y de los que yo iba escogiendo sin orden. A través de los libros que leían mi padre y mi hermana.
Persigo libros muy bien escritos que me agarren algún órgano interno, sin trampas, que me hagan desear tener un rato lo antes posible para volver a refugiarme en ellos. Como escritor, trato de hacer libros bien escritos, que atrapen, que hagan sentir a quien los lea que ha valido la pena leerlos, desear buscar otro libro del mismo autor, necesitar unos segundos para regresar al mundo real.

Al leerte encuentro una forma de trabajar el lenguaje muy diferente a la de cualquier autor contemporáneo… háblame de tu formación como escritor; no me refiero a tu aprendizaje académico sino a la forma en la que fuiste acercándote a la escritura, tus referentes y demás.

—Miro mucho alrededor, me extraño mucho y deseo comprender, creo que esto ayuda. La referencia más clara quizá sea una novela cortísima de Mario Vargas Llosa: Los cachorros. Ya en la primera frase el narrador habla en primera y en tercera persona, mezclándolas. Recuerdo que la primera vez que la leí, muy joven, me dije anda, pero si era posible hacer esto, adueñarse del lenguaje. Leí mucho a los autores del boom, la novela española de postguerra, los autores estadounidenses que ahora tienen ochenta años.

¿Qué es lo que más te interesa a la hora de encarar un texto? ¿En qué se diferencia la forma en la que te acercas a cada género (periodismo y narrativa)?

—En las columnas de opinión hay una inmediatez y una visión de algo que he leído en prensa el día mismo en que las escribo, y una necesidad de envolver esa visión que me permita el juego del lenguaje, mostrar lo serio con humor. La narrativa es una carrera de fondo que, además, me permite corregir, volver a correr los kilómetros en los que lo he hecho de manera más torpe. Pero en ambos casos lo hago con intensidad y energía. Escribo muy rápido pero tengo que parar a descansar pronto. En la narrativa me interesa que la energía se traduzca en una sensación al leerla de claro, eso lo he sentido yo, o sí, eso es lo que debe de sentir alguien en esa situación.

Tus historias siempre tienen de fondo temas complejos que van sirviendo de eje a la trama: en el caso de “El protegido” quizá sea el vacío existencial, el extranjerismo, las relaciones amorosas… ¿Sobre qué te interesa escribir y de qué forma se da el primer aliento de una novela? Me refiero a qué es primero: la trama o los tópicos sobre los que deseas reflexionar…

—Lo primero es la trama pero muy poco dibujada. Tengo una idea del tema y, más claro, el tono. Me interesan los movimientos que dan personas que comparten el mismo espacio que yo. Las relaciones, la desubicación, la mentira y el desajuste que se produce cuando lo que hay no es lo que se esperaba, la respuesta a la frustración, el amor, el desarraigo, la caída de las referencias y entonces qué, la adaptación y la supervivencia.

Entrevista a Pablo Aranda

Creo que la siguiente ya me la has respondido; por si acaso… ¿Cómo llegan a ti las historias? ¿Cuál es el germen que te impulsa a contarlas?

—Vivimos en un proceso constante de bombardeo de información a través de conversaciones en las que participamos o escuchamos en el autobús. De vez en cuando algo que me cuentan, sin ser nada objetivamente más importante o interesante que otras ideas, se me clava y siento que ahí hay una historia. En Ucrania fue así, un joven que había conocido a una mujer rusa por internet, sólo eso. En Los soldados fue la idea de imaginarme un escondite donde nadie podría encontrarme, y tiré de eso: ¿de qué huía? En El protegido fue cruzar una plaza oscura y vacía, rodeada de altos edificios muy feos, y me imaginé que era un padre que había ido a esa plaza a buscar a su hijo pequeño, lo había citado su ex pareja, la madre del niño, pero allí no había nadie. Yo en realidad había ido en busca de un puesto de shawarmas.

¿Cualquier historia puede ser interesante? De lo contrario, ¿cómo distingues entre una historia que puede ser germen para una novela y otra que no?

—Cualquier historia puede ser interesante, y cualquier persona tiene varias novelas. Pero de repente hay una que te deja noqueado, como si hablasen de ti y fuese algo muy grave lo que escuchas. Le das unas cuentas vueltas a esa historia que te ha llamado la atención y se cruza con otras dos, se mezclan, y ahí hay una novela.

¿Cómo gestionas tus tiempos para ser periodista, narrador, padre, esposo, amigo? ¿Tienes una rutina o manía para evitar que las obligaciones materiales se interpongan a la escritura?

—Es difícil. El baño, por ejemplo, no entiende de historias y sigue exigiendo ser limpiado. Y no vale eso de límpialo tú que yo soy escritor. Yo me rijo por el horario escolar, y trato de no ocupar mis mañanas en nada más, pero es muy difícil. Escribir columnas tiene su horario: la mañana de la víspera de la publicación, no hay otra. Con la novela es más complicado, exige ser disciplinado y hacerse respetar (el baño puede ser limpiado por la tarde). Por eso, el horario ideal es el de las mañanas, desde que dejo a los niños en el cole hasta que salen para comer. Llevar además una vida social es muy difícil. Pero trato de buscar esos huecos, quedar de vez en cuando con los amigos de la adolescencia. Los actos oficiales prefiero descuidarlos porque el día tiene veinticuatro horas y además me entra sueño pronto. ¿Esposo? Si tienes la suerte de que tus niños acepten acostarse pronto, ya hay bastante camino andado. Una cerveza entonces, cenar en el sofá, viendo una película, como novios. Pero es que encima necesito algún hueco para mí solito. Qué difícil la vida.

Has trabajado enseñando español en Marruecos (si no recuerdo mal) y también como educador en centros para enfermos mentales. En tus novelas das protagonismo a los olvidados y a los no vistos: esos otros en los que apenas nos fijamos. Me pregunto cuánto te habrá cambiado como escritor y como persona el contacto con los que se sienten marginados…

—Sí, trabajé en Argelia, después con enfermos mentales, con menores que cumplían una medida judicial, colaboré en un hospital de la Madre Teresa en La India… No lo hice para obtener material literario sino para hacerme una idea del mundo. El viaje a La India lo emprendí solo y por tierra desde Málaga, un viaje de meses cuyo objetivo era Calcuta, ver la miseria de la que había oído hablar. Imaginaba que después sería otro pero creo que no. Soy el mismo pero con más equipaje dentro, la mente más abierta, o con más sitio para ocuparme de otros. En las novelas me ocupo de gente que en principio no tienen nada para ser protagonistas de una novela. Ese compañero por el que un día preguntaba un profesor, que si alguien sabía por qué llevaba tres días sin aparecer, y mirábamos hacia atrás y sólo entonces reparábamos en que no estaba.

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El abandono es un tema que interesa a la literatura desde hace siglos, ¿a ti por qué te atrae?

—¿Te refieres al abandono en la pareja? Me interesa porque es algo tan frecuente. Todos hemos tenido más de una pareja, con lo cual hemos abandonado o sido abandonado. Es así, pero cuánto trabajo nos cuesta aceptarlo. Si alguien nos abandona es que no era nuestra pareja ideal, pues esa nunca nos abandonaría. Es una fuente impresionante de dolor y de ira. No estamos preparados para el duelo, para desear a la otra persona lo mejor y seguir nuestro camino con nuestra tristeza a cuestas y luego ya no. Nos creímos que la vida era un cuento de hadas, pero no. Me interesa mucho ese descubrimiento.

Un río sin agua. Un niño sin padre. La ciudad incompleta”. “Qué importa el apellido de una persona, el lugar que ocupe en un árbol genealógico que a nadie importa”. Muchos de tus personajes, como Jaime, cuestionan los roles… ¿Podríamos ser más felices si en lugar de asumir roles nos los inventáramos; si dejáramos de ser meros engranajes de un sistema?

—Creo que algo ha cambiado, ahora es bastante más fácil que antes. En Ucrania había un personaje sin padre y hablaba del día del padre, cuando en el colegio les hacían preparar un regalo pero él qué. Ahora en el colegio de mis hijos se celebra el día de la familia y cada cual regala lo que ha preparado o a su madre o padre o abuelo o quien sea. Quien tiene obstáculos de entrada, puede ser mejor que el resto pero sólo si los supera adecuadamente. Es cierto que nos complicamos excesivamente y todo podría ser mucho más fácil si desbaratásemos algunos roles.

La extranjería, la paternidad, la soledad, el abandono… temas reincidentes en tus obras. ¿Sólo podemos construir desde la persecución obsesiva de una idea?

—Bueno, lo cierto es que no elijo los temas conscientemente, aunque está claro que hay unos pocos temas que son los que me interesan. Es como si intentase explicarme el mundo colocando a unos personajes en diferentes disyuntivas y observando cómo se comportan y por qué hacen lo que hacen. Puede haber algo de obsesión, pero después está las sucesivas correcciones para domar con la razón.

Málaga como escenario. Al igual que Antonio Soler ubicas aquí tus historias. ¿Responde esto a una declaración de principios? ¿Crees que escenarios cotidianos y nombres comunes son los principales elementos que debe tener una historia para ser creíble?

—Creo que mis personajes podrían perfectamente ser de Bilbao, Barcelona, Madrid o Sevilla. Quiero pensar que también del DF, Buenos Aires o Bogotá, pero no soy quién para afirmar algo así. Situarlos en Málaga me permite montar un escenario con elementos que conozco tan bien que puedo pasar a preocuparme de otras cuestiones. De camino, puedo realizar algún guiño mínimo, como que un personaje coma en un restaurante al que voy de vez en cuando. Los lugares han de ser cotidianos, como dices, y los nombres comunes, cuando de muy jovencito leí a Kafka -por nombrar a alguien que aparecía en la primera pregunta- me echaba para atrás que su personaje se llamase K., me sacaba de la historia, me dificultaba la empatía.

Exploras la vida de los personajes con una laboriosa rigurosidad. ¿Cómo trabajas este aspecto? ¿Cómo sueles tratar (entenderte) con los personajes?

—Precisamente con la empatía, metiéndome en el pellejo de esos personajes, siendo ellos mientras dura el párrafo o el capítulo en el que aparecen. Pero no llevo fichas de personajes ni nada parecido. Para la novela Ucrania, sí que me entrevisté con muchas mujeres de Ucrania, para comprender a mi personajes, y aunque no llegué a usar casi nada de lo que me contó ninguna, sí que me sirvió para construir internamente el personaje de Elena.

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Jaime deja que sean los otros los que decidan en sus relaciones. ¿Fácilmente adaptable o demasiado inmaduro para hacerse cargo de sus emociones? La parálisis emocional parece un rasgo que comparten muchos de tus personajes. ¿Vivimos en una sociedad que le da poca importancia a las emociones? ¿Cómo aprender a hacer contacto con los propios sentimientos cuando hay tantas distracciones que nos instan a pasar por encima de las cosas sin mirarlas ni tocarlas?

—Es lo cómodo, dejar que otros decidan, se adapta a los deseos de los demás, lo cual es un comportamiento inmaduro. Si hace lo que se espera de él, cosechará el reconocimiento. Pero esto deja de valer, llega un momento en el que se da cuenta de que la vida iba en serio: madura. En esta vida atropellada muchas veces no sabemos por qué hacemos las cosas, porque no sabemos ni qué queremos. Es más difícil tomar decisiones, pero tomarlas nos hace dueños de nuestra vida. La solución sería pararnos de vez en cuando. Mirar, atender a lo que vemos.

En “El protegido” el carácter de la narración es más propio de la narrativa breve: decir sin escribir y dejar que sean los hechos los que guíen el orden de las cosas. ¿Hay una intencionalidad de reducir al mínimo los adornos? ¿Podría decirse que comienzas a encarar la novela como quien escribe obras de teatro?

—Sí, es cierto, el elemento narrativo lo he reducido, sin abandonar lo literario. Me sale así, y así lo trabajo. Ya me ocurrió en mi novela anterior, Los soldados. No pretendo escribir un guión o una obra de teatro, pero sí construyo con menos elementos, o con elementos diferentes, sin salirme de mi mundo literario. Me interesa que la novela salga bien, que atraiga y sea sólida y deje un sabor de boca agradable, de haber disfrutado con un producto serio. Este producto puede tener formas diferentes.

Dices “Qué inútil el miedo que vuelve a activarse a pesar de que a quien tememos haya muerto” ¿Sin fantasmas ni emociones enterradas que resurgen no habría literatura? ¿Te sientes identificado con alguno de los miedos de Jaime? ¿A qué le teme Pablo Aranda?

—Vamos dejando atrás etapas sin haberlas realmente superado, y vamos arrastrando jirones del pasado que pueden aparecer más o menos claramente en cualquier momento. En lo literario temo hacer novelas mediocres, que las leas y digas bueno, tampoco es para tanto. En la vida creo que los miedos los tengo más o menos controlados. Me da miedo aburrirme, perder la chispa en las cosas que hago, la inercia; pero ya digo, creo que el hecho de poner nombre a los miedos ya es un gran paso.

Ya no te robo más tiempo. Muchas gracias por este ratito. ¡Enhorabuena y mucha suerte con esta fabulosa novela!

—Mil gracias a ti. Me ha hecho pensar esta entrevista y he disfrutado respondiéndola.

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Algunas fotografías han sido tomadas de los archivos del Diario Sur



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