«Ucrania», de Pablo Aranda —Ediciones Destino—

«Ucrania», de Pablo Aranda —Ediciones Destino—

Un joven español llamado Jorge viaja en un tren por Ucrania. Observa a sus compañeros de compartimento y se siente incapaz de entenderles ni de hacerse entender. Les dice cómo se llama pero ellos tienen una gran dificultad para pronunciar su nombre. De pronto, uno de los viajeros le ofrece un trozo de bizcocho, Jorge acepta y comen en un silencio cómplice. Ese mudo acuerdo que surge cuando las personas somos capaces de franquear las barreras idiomáticas para acercarnos y abrazarnos es el hilo conductor de «Ucrania», la novela de Pablo Aranda que leeremos hoy. Y esa escena es la única real de esta historia, según su autor.

Jorge es un joven que ha crecido sin padre. Se ha pasado la vida imaginando cómo habría sido tener uno. Le ha creado varias vidas: en todas ellas su padre, un héroe más o menos titánico, tiene la excusa perfecta para no estar, haber muerto. Esta ausencia es regada por el silencio de la madre, la falta de fotografías y la incertidumbre que rodea todo lo referente a su progenitor.

Durante toda su infancia, Jorge vivió con verdadera tortura la fecha del día del padre; en la escuela le hacían preparar alguna manualidad que terminaba aplastada y pisoteada poco después. Un objeto fabricado con sus manos que lo obligaba año tras año a enfrentarse a lo que lo separaba del resto de los niños, su única certeza: su orfandad. El único momento en el que parece asumirla (casi) es cuando se encierra en su dormitorio y se acuesta boca arriba en la cama. Entonces observa una mancha de humedad que hay en el techo: una mancha que es el portal a otras vidas paralelas en las que hay un hombre que le ama y que lamenta estar perdiéndose todos esos años de su hijo, todas esas manualidades abolladas.

La búsqueda en línea circular

A la gente cuando crece se le pone la cara triste, pero tú ya la tenías de antes‘, le dice cierta vez su amiga Laura. Y es evidente que se refiere a esa mirada de niño que trastabilla y que no entiende la vida. Porque cuando te falta ese puntal en el que aferrar tu mirada para ver si vas por buen camino, tu vida se convierte en una enclenque tabla que zozobra y tú sólo atinas a quedarte parado observando cómo te va llevando la corriente, temiendo tomar la decisión de mover un pie y que se inicie el naufragio.

En ese hundimiento siempre a punto se forja la mirada de Jorge. Y no sólo a causa de la ausencia del padre sino también a la presencia de una madre que sólo tiene ojos para Julián (su hijo mayor) y de un hermano con el que no le une nada más que un lazo de sangre y una fotografía gastada. Esta realidad familiar derivaron en un Jorge joven aniñado, solitario, retraído e incapaz de descubrir su valía. Un joven que ante el miedo de naufragar emprende una búsqueda desesperada, para tener algo que lo ate a este mundo: un padre, con un rostro o una tumba para llevarle flores. Ucrania se convierte entonces para él en el pasaje de ida a esas realidades ocultas tras la mancha de la pared y le ofrece un camino que lo llevará ineludiblemente al centro de sí mismo.

Fuente: Diario ABC

Extranjeros a un lado y otro de la frontera

Nos determinan las fronteras. Nacer de un lado u otro de las rayas invisibles marcadas sobre montañas y llanos nos convierte en personas más o menos bienvenidas en tal o cual país. Así funciona este mundo donde los individuos no cuentan.

Elena no es rusa sino ucraniana. Aunque la mayoría de las personas no ucranianas creen que no hay diferencia, en este país diminuto ni siquiera se habla el mismo idioma que en la enorme Rusia. El ucraniano se apoya también en el alfabeto cirílico pero difiere en mucho del ruso: sonora y sintácticamente. Elena no es rusa pero los extranjeros la asumen como tal, porque preferimos seguir ignorando las cosas que nos extrañan o nos dan miedo, aunque las tengamos pegadas a los ojos.

Elena es universitaria, políglota y traductora, pero en su pueblo Lvov no tiene trabajo. Un día decide mudarse a España emprendiendo una travesía que le exige tomar una serie de decisiones difíciles, algunas de las cuales rozan el límite de lo que consideramos ético; pero la burocracia en estos asuntos ha sido creada para ser traicionada. Conseguir un visado con ayuda de un amigo y casarse con Jorge para poder quedarse a vivir en España por tiempo indeterminado son pasos difíciles para Elena pero sin duda sencillísimos comparados con la idea de dejar a su hijo Viktor en Ucrania ignorando cuándo podrá volver a reunirse con él. Por suerte a veces la vida tiene buenas cosas reservadas para aquéllos que están dispuestos a jugarse de verdad y, del otro lado de la frontera, Elena conocerá a Jorge (ese huérfano extranjero) que se casará con ella firmando un pacto silencioso.

Del otro lado de la página está Laura, una española estudiante de enfermería y amiga de Jorge de la infancia. Una joven de clase media que termina el instituto y se va a vivir a Londres. No tiene que casarse para engañar a la justicia porque España pertenece a la Unión Europea y sólo por haber nacido de este lado de la frontera es un personaje digno y bienvenido en Inglaterra y cualquier otro país que se encuentre dentro de los límites de esta región.

Emigrar resulta una aventura divertida para Laura que no tiene nada que perder en una Londres jovial que recibe a los hablantes hispanos en cantidades y que, aunque después resulta fría, en primera instancia nos tiende los brazos y nos promete que, de alguna forma, todo va a estar bien. Para Elena emigrar es ir hacia (¿o debería decir contra?) lo desconocido: un país en el que se habla otro idioma y que no es capaz de ubicar en el mapa el lugar del que ella proviene. Las fronteras nos determinan y emigrar es meter en una maleta nuestra identidad que se verá violentamente modificada por las experiencias que traerán frío a la piel y al alma. Ambas lo saben y lo experimentan de diferente forma. Elena encuentra en España una oportunidad que no desaprovecha (cosa que sí hace Laura) porque ella sí tiene qué perder: la posibilidad de empezar de nuevo, de construir una vida diferente para ella y su pequeño Viktor.

«Ucrania», de Pablo Aranda —Ediciones Destino—

La literatura, esa ventana por donde nos colamos

Dice Jorge que Internet es un espacio donde decenas de ojos están esperando para reflejarse en una mirada. ¿No es acaso esta la mejor descripción de lo que implica la literatura? La posibilidad de encontrarse a uno mismo asomándonos a una ventana que nos permite entrar en otro universo y reconquistarnos en la mirada de ese autor que ha sabido cautivar la certeza de un instante.

«Ucrania» es sin duda una ventana que nos permite ver a nuestros yos perdidos en el camino. Todos atravesamos fronteras: los que emigramos físicamente y los que lo hicieron en un mismo lugar. Mudar de piel es algo que todos hacemos y que imprime en nosotros la extranjería y la orfandad. Así como muchos emprendimos el viaje mucho antes de subirnos al avión, al barco o al tren, otros tantos han realizado su éxodo en su propia ciudad. Pienso en Laura que desde Londres reflexiona y se pregunta ‘si basta cambiar de ciudad para dejar atrás la ciudad que se abandona‘. Y también me asalta la imagen de ese niño sin padre que encuentra en Elena esos ojos en los que reflejarse para sentirse vivo.

La literatura no intenta dar respuestas sino ofrecer nuevas formas de poner en palabras las mismas preguntas, las que venimos haciéndonos desde que somos pequeños. Pero no siempre lo consigue. Cuando la realidad es tan incomprensible, cuando la vida está patas arriba, ni siquiera la literatura permite formular las preguntas exactas. De ahí que sea tan importante escribir las mismas historias y reescribirse; de ahí que, aunque la emigración resulte un mundo sin posibilidades claras, valga la pena emprender el viaje, alejarse del invierno, ir en busca del sol, de la pregunta adecuada.

En un tren ucraniano un joven compartió conmigo su trozo de bizcocho envuelto en papel de estraza. Eso es lo único real de esta novela‘, me dijo Pablo Aranda cuando le conté que estaba leyendo «Ucrania». Real, ‘que tiene existencia efectiva’, leo en la RAE. Y pienso que real es una palabra que se arraiga a los cimientos de esta obra. Un bizcocho que explota como un reactor nuclear y genera una onda expansiva que modifica cada una de las historias que encontramos en esta novela. Ese bizcocho es la representación del acto más sencillo entre dos individuos (compartir el alimento) y a la vez, el gesto de mayor empatía (la capacidad de intercambiar los zapatos). Ese encuentro en el que dos extranjeros perciben el mismo sabor al llevarse esas migas a la boca, aunque cada uno lo interpreta en su propio idioma. Este principio me ha resultado una forma brutal de dar vida a este libro y prepararnos a todo lo que ese gesto desencadena. Intuyo que esa es la escena más real del libro, pero no, la única. También hay otras certezas, porque esa escritura fresca y viva de Aranda hace que todos los hechos resulten desesperadamente creíbles, y que lo que a simple vista pueda resultar trivial tenga un trasfondo tan profundo como el peso de la orfandad o la extranjería.

«Ucrania», de Pablo Aranda —Ediciones Destino—



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