Eduardo Lago: «Si no escribiera me moriría»

Entrevista Eduardo Lago (Primera Parte)
Hay libros que extienden la vida. Así comienza la lectura de «Llámame Brooklyn», de Eduardo Lago que publiqué hace unas semanas. Lo que ese día no sabía era que poco después tendría la oportunidad, gracias a la amabilidad y a la paciencia de José Monfort de Editorial Malpaso, de mantener una conversación en diferido con Lago. Después de leer sus inteligentes y sentidas respuestas mi vida no ha vuelto a ser la misma. Espero que la de ustedes, queridos lectores, tampoco. Aquí va la primera parte de esta charla.

****
P—¿Es la literatura un intento de derrotar a la muerte? (Lo siento, te he robado la pregunta).

R—Aquí hay una buena historia. He tenido el privilegio de entrevistar a Don DeLillo en tres ocasiones, la primera hace más de diez años, creo recordar. Hacía un día muy frío de diciembre, estaba Midtown nevado. La conversación tuvo lugar en uno de esos despachos decrépitos de Manhattan que recuerdan las oficinas donde Bartleby se negaba a trabajar. Curiosamente daba a la calle 49, que es la que DeLillo recorre en su novela «Cosmópolis», yendo del East River hasta el Hudson.

»El escritor había acudido a la entrevista con desgana, porque se lo habían pedido sus editores. Iba cubierto de pies a cabeza, y llevaba un gorro grueso, con orejeras, y guantes. Cuando le hice la pregunta que acabas de formular, se quitó el abrigo, el gorro y los guantes y mirándome muy fijamente me dijo: «Esa es una pregunta demasiado importante, necesito pensar bien la respuesta». Y elaboró con sumo detalle la relación entre los dos términos del binomio… literatura / muerte. Fue un encuentro muy intenso y la conversación muy profunda. Encima de la mesa yo llevaba varios libros suyos. Encima de todos había un ejemplar de «Submundo», en inglés. DeLillo lo abrió y acarició con la yema del índice el título de la primera sección «El triunfo de la muerte». Al cerrarlo, se hizo muy intensa la presencia de la portada de la edición americana, que es una premonición del ataque que padecieron las Torres gemelas: se ve la silueta de las torres, envueltas en nubes y un pájaro que se dirige hacia ellas. Parece una escenificación de lo que pasó unos años después. Aquel momento, la destrucción del World Trade Center, es algo que no podremos olvidar jamás quienes estábamos entonces en Nueva York, y DeLillo ha regresado varias veces a él, de manera muy señalada en «El hombre del salto» y en una meditación que tituló «En las ruinas del presente», y que termina con una visión de una mujer musulmana que se arrodilla a rezar en una alfombrilla, junto a la Zona Cero. ZONA ZERO. Ahora ha vuelto a ello en su última y magistral novela, «Zero K», una novela que regresa directamente a la grandeza de «Submundo», tras un interludio de obras sublimes de menor envergadura, pero igual profundidad.

»Volviendo a la conversación, cuando terminamos, DeLillo se volvió a poner ritualmente las prendas invernales y se perdió en el dédalo de calles de Midtown. Cuando lo perdí de vista me di cuenta de que no le había pedido que firmara sus obras, fallo lamentable, pues tengo ejemplares firmados por los escritores más importantes del canon norteamericano reciente, incluida gente como Norman Mailer, John Updike, Philip Roth, John Irving y un largo etcétera. Decidí enviarle una nota a su agencia, disculpándome por actuar como un adolescente. A los pocos días sonó el teléfono de mi casa. Era él. Me invitó a comer en un restaurante italiano, no muy lejos de Grand Central, y volvimos sobre el tema de la muerte y la literatura. Me dio su teléfono y me dijo que lo llamara cuando quisiera. Resulta que vivía a unos minutos de mi despacho de la Universidad, en Bronxville. Lo llamé en varias ocasiones y siempre me atendió con gran cordialidad, pero un día me di cuenta de que estaba robándole un tiempo precioso, y le dije que no le iba a llamar más. «Es que», contestó, «me quedan pocos años de vida y muchos libros que escribir». El pensamiento me pareció aterrador.

»Años después lo volví a entrevistar, con motivo de la publicación de «Valparaíso», una obra de teatro, esta vez en su agencia de la calle 57, y cuando le recordé sus últimas palabras me dijo: «Ah no, ya no siento esa angustia. Ahora estoy escribiendo cuentos y estoy de un estado de ánimo muy positivo». La tercera vez que lo entrevisté fue con motivo de la publicación, precisamente, de sus cuentos, «El ángel esmeralda», un compendio sobre el arte de escribir relatos, en mi opinión. DeLillo es muy generoso con su tiempo, y sigue relacionándose con escritores jóvenes, como hizo con David Foster Wallace, con quien mantuvo una correspondencia que imagino fascinante, y con gente como Rachel Kushner, la autora de «Los lanzallamas», que me contó muchas cosas sobre él… Don DeLillo aparece una vez en Llámame Brooklyn. Si miras el índice de personajes en la página 408 se hace constar que figura en la página 352 de la novela, en un concierto de Thelonius Monk, al que fue con Thomas Pynchon. Nadie se puede imaginar que se trata de él, porque sólo lo menciono por su nombre de pila, Don. Todo este largo hilo que voy sacando aquí es para llegar al último punto de contacto con la pregunta que me hiciste. Su última novela, «Zero K.», es una respuesta en largo a esa pregunta, una escenificación de la lucha por intentar derrotar a la muerte. Me parecía importante seguir el hilo de la pregunta hasta el final. Yo sabía un poco de la novela por lo que me decían gente que lo trataba, como la propia Kushner, o Doctorow, que me contó cuando lo entrevisté poco antes de morir que iba a cenar a casa de Don DeLillo unos días después.

Entrevista Eduardo Lago (Primera Parte)

P—¿Por qué escribes? Y ligado a esto te pregunto si es la literatura una forma de mantener enlazada una idea con la emoción de otro tiempo (aunque dicha emoción ya no exista).

R—Esa pregunta se la hace Néstor a Gal. Gal no responde, pero años después, cuando ya ha muerto y Néstor está ordenando los papeles para terminar su novela se encuentra la respuesta escrita en forma de historia. El pintor Antonio Ramos se la proporciona cuando habla de su arte. Trasladado al ámbito de Gal la respuesta (suya) es: «Si no escribiera me moriría». Exacto. En cuanto a la relación con la emoción de otro tiempo, en realidad es una variante del tema de la muerte, o sea, sí: se viaja al pasado para regresar con algo que ya no existe y que la palabra escrita vuelve a hacer relevante. Vuelve a darle vida.

P—Ackerman no publica, tú tardaste mucho en animarte a hacerlo. ¿Se siente más miedo a la publicación cuanto más tiempo se pasa fuera del mundo literario como escritor (que no como lector o periodista)?

R—Publicar es una forma de traición siempre.

Entrevista Eduardo Lago (Primera Parte)

P—»He invertido toda mi vida en ello sin saber bien por qué». Lo dice Ackerman, ¿lo siente Lago? ¿Tiene que haber un por qué en la entrega a la escritura?

R—Ackerman se sentía arrastrado por una fuerza que no comprendía. Su caso es trágico porque no sabe llevar las cosas a su estado final. Esa es la razón de la novela. No hay por qué. No hay finalidad. Es como preguntarle a una flor para qué brota, con qué finalidad florece un árbol, por qué llueve. Aunque hay respuestas, sí.

P—Hay una mirada amorosa y llena de infancia hacia Brooklyn, Coney Island y otros barrios en el libro (en los recuerdos que Gal tiene con su abuelo David sobre todo), pero a ti Brooklyn te llegó de adulto, ¿cómo se construye ese sentir niño cuando no hay memoria que acompañe a las palabras?

R—Cuando mi amigo el novelista Francisco Goldman presentó el libro dijo que el Brooklyn del que yo hablaba no existía hace mucho tiempo. Lo dije mejor que nadie Ferlinghetti en un verso suyo que cito, aunque lo importante es el título: «A Coney Island of the Mind». Un Brooklyn mental.

P—Háblame de NY, ¡¡por favor!!

R—Tendría que escribir un libro para contestar bien.

****
Continuará…

Entrevista Eduardo Lago (Primera Parte)



Debes estar registrad@ para poder comentar. Inicia sesión o Regístrate.