Lo que le debemos a Natalie Clifford Barney


El 2 de febrero de 1972 falleció en París Natalie Clifford Barney. Como hoy la hemos estado recordando a través de nuestras redes sociales a lo largo de todo el día (ha sido la protagonista de nuestras #efemérides), a mí se me ha ocurrido que una buena forma de tenerla más presente podría ser poniendo en palabras todas aquellas cosas que le debemos a esta mujer rebelde, generosa y fundamental en la historia de la literatura.

Sobre su herencia escribo en este texto. Espero que les guste.
 

La chispa que se enciende

La historia de Barney estuvo marcada por un hecho fascinante que le ocurrió cuando tenía cinco años. Había ido con sus padres a una conferencia que daba el escritor Oscar Wilde. Mientras sus padres atendían la conversación, ella se fue por ahí a jugar. De pronto un grupo de niños mayores empezó a acosarla y a perseguirla y Natalie comenzó a correr. En su loca huida tropezó con el escritor irlandés, que al verla tan asustada la levantó en brazos, salvándola de sus agresores. Luego la sentó en sus rodillas y, en un intento por tranquilizarla, comenzó a contarle un cuento; finalmente, la niña se calmó. Hubo algo en aquella anécdota que cambió la vida de Natalie para siempre y muchos años más tarde confesaría que esa tarde supo que el mundo de la literatura era su mundo.

Por haber nacido en el seno de una familia adinerada, Barney tuvo a su disposición una educación privada: con institutrices y maestros a domicilio. Y aunque muchos se quejaban por su rebeldía, siempre a flor de piel, y sus ideas poco convencionales, en casa le ofrecían el espacio para ser ella misma y disfrutar de su infancia como deseaba. Lo que colaboró positivamente con el cultivo de su espíritu indómito.

A los 12 años confesó a sus padres que era lesbiana y que no estaba dispuesta a vivir ocultándolo, y aunque a ellos les causó una cierta preocupación e intentaron hacerla recapacitar, no había mucho que hacer con la valiente Natalie capaz de asumir quién era hasta las últimas consecuencias.

Esa valentía y esa necesidad de labrarse su propio camino la llevaron a cruzar el océano rumbo a París, la entonces capital de las letras, y lo que allí hizo cambiaría su vida y la de muchísimos artistas para siempre.

Academia de las mujeres

Entre las numerosas cosas que le debemos a Natalie Clifford Barney se halla su insistencia para dar a conocer el trabajo de otras mujeres. En un mundo machista donde las obras escritas por mujeres se consideraban de inferior calidad, ella consiguió que se les diera importancia. De hecho, fue gracias a su influencia en aquella París que al día de hoy conocemos el trabajo y podemos admirar a muchas de las escritoras de principio de siglo.

La forma en la que consiguió esta hazaña fue haciendo de su casa un punto de encuentro para escritores y escritoras de diferentes países . De hecho; su residencia en Rive Gauche, fue durante más de medio siglo la guarida de numerosos artistas de todo el mundo. Un sitio al que acudían personajes ineludibles de las letras francesas y entablaban largas conversaciones con modernistas anglosajones y figuras de la literatura latinoamericana.

Gertrude Stein, Djuna Barnes, Greta Garb, Mina Loy, Virginia Woolf e Isadora Duncan eran algunas de las mujeres que nunca faltaban en aquel refugio artístico al que llamaban el Templo de la Amistad. Que estrechaban largas conversaciones con Remy de Gourmont, Truman Capote o Rainer María Rilke. Como anfitriona Natalie era una mujer muy generosa que siempre intentaba que entre sus invitados hubiera buen ambiente; y sin duda lo conseguía gracias a su buen humor y a su carácter extrovertido.

Otro de los grandes aportes de Barney fue la creación de la «Academia de las mujeres», que surgió como una protesta a la prestigiosa «Academia Francesa» en la que entraban sólo hombres. Paso a paso Natalie iba dejando bien claros sus principios y su manera de estar en el mundo. Y lo que le debemos sin duda no es sólo el haber luchado por el reconocimiento del trabajo de las mujeres en el mundo de la literatura sino el haber vivido con tanta apertura y sinceridad, luchando contra los prejuicios y disfrutando de la vida y de la amistad verdadera. Sin duda esa es su gran enseñanza para todos.

La rebeldía tan necesaria en el mundo siempre

Natalie Barney fue una mujer luchadora y abiertamente homosexual, apasionada de la literatura y poco interesada en el reconocimiento. Eso quizá era lo que la llevaba a promover el trabajo de otras artistas como Armen Ohanian o Romaine Brooks, con quienes también mantuvo intensos romances.

Pero Natalie iba más allá de todo: era feminista, pacifista y enemiga de todas las imposiciones sociales. Tal como podemos descubrirlo al leer alguna de sus obras más importantes: «Idilio sáfico» o «El pozo de la soledad».

Corría el año 1900, el mundo de la literatura no era escenario propicio para una mujer; sin embargo, ahí estaba Natalie, haciéndose un hueco, poniendo patas arriba las normas y cuestionándolo todo. Sin duda su gran fortaleza era la sinceridad, que la llevó a publicar sus primeros poemas de contenido homoerótico sin utilizar seudónimo, y a vivir libremente su sexualidad.

Convencida de lo estúpida que resulta la monogamia en una especie tan entusiasta como la nuestra, mantuvo diversas relaciones simultáneas, aunque la mayoría de ellas de larga duración: con Renée Vivien (poeta), Romaine Brooks (pintora) y Armen Ohanian (bailarina), y desarrolló un espacio de convivencia entre diferentes disciplinas artísticas de estéticas incluso antagónicas. Sin lugar a dudas, le debemos más de lo que son capaces de reconocerle quienes manejan los hilos de este putrefacto mundo.

De los 40 miembros que tiene actualmente la Academia Francesa de la Lengua tan sólo 5 son mujeres (¡el 12,5%!). ¡Cuánta falta nos haces, Natalie!

 

Comentarios1

  • Mariana Roldos Aguilera

    Muy interesante .Otra vez,si vuelvo a París,desearía conocer más de esta mujer que rompió barreras.



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