Javier Alvarado

Poemas para caminar bajo un paraguas

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La mortal lluvia se propaga; no puedo detener el lenguaje sangriento de las aguas, un patriarca muy viejo introduce su bastón en el cuenco del destino; hay asfixia en los boscajes de la roca, un animalillo estrangulado yace con los ojos primaverales hacia el cielo, el filo de la nube corta el sistema nervioso de los soles. estoy resfriado, de mi nariz llueve una gran cantidad de mentiras, huesos polvorientos, peces sonámbulos que caminan por las bahías escupiendo naufragios y piratas con patas de palo y parches eclipsados que cubren otro negro mar como el de las encanecidas barbas de los labriegos, leñadores, amigos proletarios que piden limosnas en las puertas del gobierno, en los ministerios episcopales y en lugares donde se pasea algún desconocido con un cancerbero que vende boletos para la entrada a los infiernos. Amo tanto esta ciudad prolija, odio tanto sus edificios como puedo odiar las cosas que amo y a todos los seres que me miran con cierta indiferencia. Muchas cosas pueden acontecer en una pregunta sin signos de interrogación, es la hora de cortar sombrillas y sembrar hongos en cualquier sitio de donde dispararemos brumas y enfermedades, alimentos eternos que a nadie sacian y algún tipo de espiritualidad que diferencie sexos, religiones y maneras de vestir a las horas rutinarias de hacer el amor o de dar un beso en el lugar equivocado. Nadie interroga, sólo hay mundos que convergen con la boca ensangrentada. La sensación del invierno es como una casa deshabitada en las entrañas, una hora falsa de amor por alquiler, una mirada lujuriosa de un desconocido y una caricia arrebatada a aquellos seres que se fueron sin amar a una mujer o tocar las paredes del útero de una infeliz madre. Muchos han jugado con mis nervios, antes he comido la misma ración de inclemencia antes de acostarme. La miserable ausencia compartida con las ratas y con las palomas deja mensajes de humanos despojos en los hombros. La celda de meditación está a oscuras, las oraciones del claustro dan vueltas y sueño una muerte imaginada; preparo la mesa, enciendo un dedo, sobre la erosión de la tierra está la rosa, instrumento general para el cultivo de los grandes poemas y piezas clásicas. Ahora mismo llueve y de mi nariz siguen lloviendo vestigios de un mundo despertado. Sueño? Pesadilla? Traedme el abrigo, el paraguas y que lluevan poemas por doquier...!

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Javier Alvarado