Comentarios recibidos en los poemas de JESÚS PÉREZ ROMERO
LOS ARBOLES DESNUDOS
La Hechicera de las Letras dijo:
Tu texto respira entre dos mundos: el de la belleza que observa y el del pueblo que aguarda. En él, los árboles no son paisaje, son testigos; el viento no pasa, murmura memoria. Hay una mirada que intenta revelar lo que el silencio no confiesa.
Pero el lenguaje aún se comporta con excesiva cortesía. La forma es hermosa, aunque demasiado segura de sí, como si temiera mancharse las manos con verdad. La poesía no florece en lo correcto, sino en lo que se atreve. Un verso debe temblar o dejar temblando.
El paso de lo natural a lo político es interesante pero abrupto. No hay una transición orgánica que conecte la calma inicial del paisaje con el tono más cívico y reflexivo del final.
El cierre, con los árboles rogando por un cambio, redondea bien la idea del lamento colectivo.
Los árboles son el pueblo que calla. No necesitan voz: el viento habla por ellos. Cada rama sostiene una espera, cada hoja guarda una historia que nadie quiso escuchar.
Mientras los hombres se distraen en sus juegos de poder, los árboles permanecen, inmutables, llevando sobre su corteza la memoria que los discursos olvidan.
Ellos no piden redención; la observan, sabiendo que el tiempo siempre termina juzgando a quien prometió demasiado.
La Hechicera de las Letras.
11 de noviembre de 2025 a las 10:31
La Hechicera de las Letras dijo:
Tu texto respira entre dos mundos: el de la belleza que observa y el del pueblo que aguarda. En él, los árboles no son paisaje, son testigos; el viento no pasa, murmura memoria. Hay una mirada que intenta revelar lo que el silencio no confiesa.
Pero el lenguaje aún se comporta con excesiva cortesía. La forma es hermosa, aunque demasiado segura de sí, como si temiera mancharse las manos con verdad. La poesía no florece en lo correcto, sino en lo que se atreve. Un verso debe temblar o dejar temblando.
El paso de lo natural a lo político es interesante pero abrupto. No hay una transición orgánica que conecte la calma inicial del paisaje con el tono más cívico y reflexivo del final.
El cierre, con los árboles rogando por un cambio, redondea bien la idea del lamento colectivo.
Los árboles son el pueblo que calla. No necesitan voz: el viento habla por ellos. Cada rama sostiene una espera, cada hoja guarda una historia que nadie quiso escuchar.
Mientras los hombres se distraen en sus juegos de poder, los árboles permanecen, inmutables, llevando sobre su corteza la memoria que los discursos olvidan.
Ellos no piden redención; la observan, sabiendo que el tiempo siempre termina juzgando a quien prometió demasiado.
La Hechicera de las Letras.
11 de noviembre de 2025 a las 10:31
