Los árboles desnudos juegan con el viento. Sus ramas se mecen,
danzan suaves, sus hojas,
como recuerdos, se deslizan por el aire en un canto callado.
Viento juguetón que susurra secretos,
en un rincón olvidado del pueblo, donde las sombras
ocultan historias, y el eco de risas queda atrapado.
Los árboles son testigos, del tiempo que pasa entre sus raíces,
y en sus troncos viejos se grabaron. Los nombres de amores y de despedidas.
A su sombra crecen los sueños, se levantan las esperanzas,
mientras en el aire flota un deseo, un susurro de vida
que nunca cesa.
Pero no todo es paz en este paisaje, las voces del pueblo se alzan,
en el viento que se agita y desafía, mientras la política juega su partida.
Varios juegan con los intereses,
con promesas que brillan como espejos,
y en sus manos, como marionetas, un pueblo que espera, ansioso y callado.
Las urnas se preparan, el día se acerca, y las manos, una a una,
alzarán el dedo.
El destino del pueblo en simples elecciones, un tijeretazo en un vasto lienzo.
En el mar se ahoga una voz,
una melodía que ya no suena, las olas arrastran la desesperanza,
mientras los barcos navegan en búsqueda de sentido.
El horizonte se viste de grises nublados,
y los árboles, con sus ramas extendidas,
parecen rogar por un cambio, por un aire más limpio, por un respiro.
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Autor:
JESÚS PÉREZ ROMERO (
Offline) - Publicado: 11 de noviembre de 2025 a las 10:05
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 32
- Usuarios favoritos de este poema: La Hechicera de las Letras, Carlos Baldelomar, William Contraponto, Jose de amercal, antonio cuervo, Mauro Enrique Lopez Z., Salvador Santoyo Sánchez, Javier Julián Enríquez, ElidethAbreu, alicia perez hernandez, JUSTO ALDÚ

Offline)
Comentarios1
Tu texto respira entre dos mundos: el de la belleza que observa y el del pueblo que aguarda. En él, los árboles no son paisaje, son testigos; el viento no pasa, murmura memoria. Hay una mirada que intenta revelar lo que el silencio no confiesa.
Pero el lenguaje aún se comporta con excesiva cortesía. La forma es hermosa, aunque demasiado segura de sí, como si temiera mancharse las manos con verdad. La poesía no florece en lo correcto, sino en lo que se atreve. Un verso debe temblar o dejar temblando.
El paso de lo natural a lo político es interesante pero abrupto. No hay una transición orgánica que conecte la calma inicial del paisaje con el tono más cívico y reflexivo del final.
El cierre, con los árboles rogando por un cambio, redondea bien la idea del lamento colectivo.
Los árboles son el pueblo que calla. No necesitan voz: el viento habla por ellos. Cada rama sostiene una espera, cada hoja guarda una historia que nadie quiso escuchar.
Mientras los hombres se distraen en sus juegos de poder, los árboles permanecen, inmutables, llevando sobre su corteza la memoria que los discursos olvidan.
Ellos no piden redención; la observan, sabiendo que el tiempo siempre termina juzgando a quien prometió demasiado.
La Hechicera de las Letras.
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