«El Jardinero», de Alejandro Hermosilla —Jekyll & Jill—

«El Jardinero» de Alejandro Hermosilla (Jekyll & Jill) es un libro moderno que se apoya en lo mejor de la literatura clásica para construir una fábula de nuestro tiempo. El trabajo de Hermosilla nos permite revisar las esquinas de nuestra moral para redibujar nuestro punto de vista en torno a las relaciones de poder y la forma en la que miramos el pasado.

 

«El Jardinero», de Alejandro Hermosilla (Jekyll & Jill)

Una traición puede ser el mejor punto de partida para una novela. Algunas historias parten de ella y nos ofrecen una obra bien acabada, con su tensión, su ritmo y su final a veces satisfactorio. Pero hay otros libros que retuercen tanto la pulsión narrativa que llegan a convertirse en objetos vivos, que están por encima del género, del tiempo en el que transcurren y desde el que son narrados y nos ofrecen una experiencia. Para poder vivir esas experiencias, cada vez más escasas en este raro mundo, algunas leemos. Y a veces, vives, experimentas, disfrutas, y vuelves a creer en los libros. Esto me ha pasado (y les deseo que les ocurra) con «El Jardinero» de Alejandro Hermosilla (Jekyll & Jill). Un precipicio narrativo –¡y una solapa que no miente!– que nos atrapa en una atmósfera hipnótica que oscila entre el realismo y la visión onírica donde el deseo carnal y las obsesiones son protagonistas. No debemos juzgar a los libros por sus solapas; sin embargo, en este caso, ¡es la forma más precisa de definir el libro!

Los jardines y sus historias

En la casa de vacaciones de mi abuela todos los árboles tenían nombres franceses. Contaban los adultos que todo fue a causa de mi bisabuela. En realidad, de mi bisabuelo, que quería iniciar la vida marital en el campo y como sabía que ella era una mujer de ciudad, decidió construirle una casona francesa con sus jardines y sus árboles. Así, y sólo así mi bisabuela se habría adaptado a la vida rural. Aunque siempre ha habido una idea peculiar sobre la vida de campo en la familia. Y teniendo en cuenta las cualidades de mis antepasados puedo dar fe de que ninguno de ellos fue responsable de que aquellos árboles vivieran, ni de que esa casa se sostuviera durante generaciones. Pero esa es otra historia. Como otra historia es la sumisión de las mujeres de la familia hacia los hombres.

Volví a mi bisabuela porque siempre he pensado que los jardines han sido una forma (quizás de las más prósperas) de demostrar el poder adquisitivo de las familias acaudaladas. Los reyes, duques y demás rapiñeros de las clases predominantes invitaban a sus amigos a disfrutar de sus nuevas adquisiciones de plantas traídas de los lugares más recónditos (no por ellos, ciertamente). Y sobre esta tradición de clase se apoya Hermosilla para construir una novela de tiempo impreciso pero con clases tan definidas como en nuestra época. Haberme encontrado con esta idea descrita de una forma tan precisa, ha sido maravilloso.

Hermosilla construye una novela que va también pasando por la historia de los jardines y la Historia de la Botánica. Desde Teofrasto de Ereso, a Francis Bacon, desde Carolus Clusius a Francesco Farinello, y con ellos, todos aquellos que hayan hecho algún aporte a la botánica o que hayan sabido escribir sobre la vida de las plantas obligando a un cambio en la percepción que se tuviera sobre ellas según cada época. Nos presenta estas verdades que hemos recibido a través de la historia y nos obliga a mirar más allá de ellas: a los verdaderos descubridores, a las verdaderas personas que supieron acercarse a la verdad, que no fueron precisamente quienes la acuñaron. Pero la historia recuerda a los reyes y señores que “mandaron a construir sus jardines”. Como yo recuerdo a mi bisabuela y no a los albañiles que levantaron la Casa Grande.

En «El Jardinero» encontramos una reivindicación del deseo

Ojos bizcos de mirar torcido

«El Jardinero» es un libro que no puede resumirse, porque en verdad todo lo que podamos decir de él habla muy poco de lo que es. Pero podría intentarlo con fuerza y decir que se trata de la historia de un hombre que se siente traicionado por sus seres más cercanos y trata de canalizar esa frustración en el odio al jardinero que cuida del castillo. A lo largo de la historia descubrimos las muchas formas en que desea humillarlo y acabar con él. ¿Conseguirá su objetivo?

Pero no. Nadie debería acercarse a este libro por la historia que encierra porque lo más interesante de ella es su fondo estético. Creo que algunos libros tienen la capacidad de ofrecernos una mirada sobre el mundo y sobre el lenguaje absolutamente nueva, que los pone por encima de la pasión narradora y nos permiten entrar en una dimensión lectora que nos obliga a cuestionarlo todo, incluso lo que sabíamos más sólido. Y pienso que este libro pertenece a esa categoría.

Hermosilla consigue demostrar que el lenguaje puede ser cambiante y favorecer una mirada esquizofrénica sobre un mundo que parece preciso, esto deviene en miles de posibilidades para el narrador, entre ellas, y la más importante: que el tono puede alimentarse de muchos géneros sin perder su forma. En ese sentido, a lo largo de la lectura tenemos una serie de estilos que combinados nos ofrecen una lectura absolutamente exquisita. Así, aunque el autor se aferra a un discurso cercano, vecino a la forma en la que organizamos el lenguaje en nuestra mente, consigue que no por ello se pierda el sentido de la estética y la búsqueda de la belleza.

En su caso, la belleza adquiere una nueva dimensión, al decantarse por un paisaje turbio, y darle protagonismo a todo aquello que nos parece desechable de la naturaleza. Y en ese sentido podríamos decir que hay quizá de una forma más o menos subliminal una apología a la pasión de la carne, que está vinculada a la belleza real que nos rodea y a la suciedad de la que está llena la vida. Es inevitable nombrar a Sade, porque parece que todo autor capaz de hablar de sexo, excrementos y sangre tiene que tener algún tipo de afinidad con el escritor francés que supo llevar esa visión epicúrea de la vida a puntos inimaginables. Sin embargo, en Hermosilla, la estética se tuerce más hacia la racionalidad de Kafka y de London, en una búsqueda inigualable por explicar el mundo de los humanos, y también el mundo de los hombres.

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El estilo y los juegos del deseo

Estilísticamente me ha encantado la forma en la que a lo largo de la obra, el narrador vuelve sobre ciertas ideas y las reafirma. Si extraemos sólo esas frases, podemos descubrir una intensidad que va creciendo según cada momento, como si la propia idea cobrara vida propia y rozara límites que ni siquiera el propio hablante es consciente de que tiene dentro. Una forma acertadísima para poner en palabras los procesos obsesivos, de los que ningún ser humano queda excento. Dejo un ejemplo.

Y llegados a este punto podríamos decir que «El Jardinero» nos ofrece una trama que tiene algo de espiral. Porque las ideas principales aparecen muchas veces a lo largo de la obra, pero siempre recortadas, como vueltas de cabeza, ofreciendo nuevas miradas sobre lo mismo. Y en ese sentido, Hermosilla se apoya en esa tensión de la narrativa de suspenso para darnos imágenes, sucesos, elementos, a cuenta gotas, para que nosotros mismos vayamos descubriendo lo que sucede. De hecho, nos da la oportunidad de adelantarnos, de pensar en lo que esconde cada imagen. Y es muy gratificante como lectora sentir ese poder, la posibilidad de destapar los engranajes de la imaginación a límites insospechados.

Otro de los elementos del que no quiero olvidarme es ese juego casi elíptico en la trama que se construye partiendo del subir y bajar las escaleras. Juega con esta secuencia muchísimo y permite llegar por un lado a interpretaciones de lo más carnales, pero también a Jung, a ese descubrimiento de la consciencia, ese ir a lo más profundo de nosotros, donde habita el miedo de la infancia, las cosas inciertas, la incomprensión. Porque sí, es una novela sobre la carne y el deseo tácito, pero también ofrece una lectura filosófica sobre lo que somos y podríamos haber sido.

«El Jardinero» es, repito, un relato sobre las obsesiones y acerca de cómo la forma en la que miramos el mundo está recortada por la educación que hemos recibido. El protagonista se ve rodeado a cada paso por las normas de un mundo en el que ya no cree y en ese mirar el mundo aparece el miedo a construirse una imagen equivocada de lo que existió y de lo que podrá existir. Este elemento me ha parecido muy interesante. Ese sentimiento de quedar a la intemperie en un mundo que en teoría conoce, en el que deberían estar todas las respuestas, colabora con el nacimiento y la evolución de su principal obsesión.

«El Jardinero» es un libro lleno de otros libros imprescindibles

Una novela contra los dogmas de la religión y el Estado

En una lectura más retorcida, esta novela es en sí misma una invitación a desclasarnos. Y por eso sin duda he recordado a mi bisabuela. El gozo de poder recomponer la voz y la libertad y reafirmarnos en la idea de que todas y todos somos iguales a los ojos de quien le pese, atraviesa toda la narración.

La religión que ha inoculado en nosotros la esperanza y el miedo y a través de ellos ha controlado nuestra voluntad. El Estado que ha servido para reafirmar el poder de ésta. Los unos y los otros (todos en masculino) han jugado con la tensión entre miedo y esperanza que nos habita y han conseguido derrocar al terreno de las sombras los placeres que nos hacen sentir vivos. Sobre ellos también podemos leer en este libro. Y sobre todo sobre aquello de lo que se nos intenta privar. Y en ese sentido, «El Jardinero» es un libro extraordinario, porque Hermosilla maneja con absoluta riqueza tanto el discurso metafórico (que nos permite llegar a regiones que a través de un lenguaje más explícito seguramente no disfrutaríamos tanto) como el literal (atreviéndose con un lenguaje a veces violento y políticamente incorrecto).

Por la edición habría que escribir un artículo aparte. Quienes conocen ya el trabajo de Jekyll & Jill saben que es delicioso y artesanal. En este caso tenemos una edición de mil ejemplares que han sido numerados a mano. ¡Oh! Y si la portada de la sobre cubierta os parece bella (un delicioso diseño de Tomás Hijo), eso es porque no habéis visto las cubierta interior (o como se llame) con detalles en oro. En verdad, habría que comprar todos los libros de Jekyll sólo por el exquisito gusto que tienen en sus diseños. Y en este caso en particular, sabiendo que el contenido es tan jugoso, ¿quién puede cometer la osadía de dudar?

Hay que leer «El Jardinero» para disfrutar de buena literatura
 
 
 

EL JARDINERO
Alejandro Hermosilla
Jekyll & Jill
978-84-948915-0-2
192 páginas
17,50 €



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