«Hay leña», de Jimena Arnolfi —Editorial Caleta Olivia—

Una de las mayores virtudes de la poesía es su capacidad para acercarnos a la vida. Un poema puede decantar en nosotros la imagen de la infancia o incluso ir más allá, hasta rozar los aristas de la herencia, la memoria de una historia colectiva que tiene mucho de nosotros y a la vez casi nada. Algunos libros de poesía dan buena fe de esto, al mostrarnos ese estrecho lazo que nos une al bosque, al río, a las estrellas. Somos nada en un infinito de criaturas diversas que nos pinchan para que sintamos, para que nos volvamos capaces de armar un sendero propio que tuerza el deseo del destino. “Hay leña” de Jimena Arnolfi (Caleta Olivia) es uno de esos libros, tocado por la magia y la vitalidad de la lírica.

Donde arde la vida

Tiene en este poemario un gran protagonismo el paraje natural y, sobre todo, el misterio que circunda la vida en el bosque. El cual se nutre de las dos caras que forman parte de la vida: la luz y la oscuridad. Así, en la mayoría de los poemas, se deja constancia de esa contradicción de la que está hecha la vida: el desierto frente al bosque, el silencio contra el ruido de las voces interiores, la necesidad de crear y a la vez de destruir. Porque la existencia para mantenerse en equilibrio necesita de la lucha constante de esos opuestos.

Sin duda, haber escogido la leña (aquello que casi puede estar vivo como quemándose para dejar de ser) como hilo conductor de los poemas, eje que enlaza las diversas ideas que se pasean a lo largo del libro, me parece uno de los aciertos más destacables de este trabajo. Porque deja a la intemperie ese delicado límite que existe entre lo que tocamos y lo que ya ha muerto y, de alguna forma, también podría permitirnos una segunda lectura, en torno a lo que imaginamos (que se nutre de aquella herencia colectiva y de nuestra propia experiencia) y lo que es la realidad (ese presente que siempre parece más duro de lo que recordaremos).

“Hay leña” comienza con un prólogo de Sara Paoletti que invita a disfrutar de cada una de las sensaciones que nos propone el libro. Al concluir la lectura de los poemas nos queda el epílogo de María Folatelli. Ambos textos nos conducen a entender el sonido de las hojas al caer, el ir y venir del viento entre los árboles, el fuego que crepita. Sin duda son dos agregados que vuelven más gratificante la lectura.

Lo salvaje: entre la luz y la violencia

En un intento de recuperar aquello que vamos perdiendo con la experiencia, la inocencia y la espontaneidad animal que todos traemos de fábrica, “Hay leña”, propone un mirar hacia adentro para reconstruir de cara al bosque, al arraigo de los árboles centenarios, a la supervivencia de los pájaros ante el frío, a la lucha de los perros por ignorar a la muerte e ir siempre hacia adelante, en un desesperado empeño por conquistar su territorio.

Podría definirse también como una búsqueda más allá del presente, hacia los caminos posibles que no escogimos pero que sin embargo estaban ahí. Decía que hay mucho de deseo por atrapar la inocencia perdida, y aunque en parte es así, Arnolfi va más allá: nos transmite la necesidad del contacto con lo más pulsivo y animal, con aquéllo que brama en el interior y que se alimenta de ternura y sencillez pero también de violencia, de destripe, de sordidez. En parte creo que es un libro que propone la aceptación de las cosas como vienen, con su poco de silencio y su carne podrida. Y en ese sentido creo que la voz poética está muy bien lograda: es de a ratos dulce y evocadora, y por momentos se vuelve inquietante, misteriosa, casi extraña.

Por otro lado, en esa búsqueda de la propia esencia, aparece otra contradicción de la que está hecha la vida: la fuerza de lo rústico frente a la necesidad de articular un lenguaje sofisticado, de ir más allá de lo estrictamente salvaje y abrazarse al trabajo pensante. Este es un tema que sin duda nos interesa especialmente a quienes hemos dejado la vida en la ciudad para aislarnos en el campo. Ese ver a diario el ritmo de un mundo que se opone tanto al que construimos nosotros, y buscar desesperadamente aquéllo en lo que se parecen, nos obliga también a repensar no sólo la tradición literaria sino también la forma en la que entendemos (o hemos entendido) el mundo que nos rodea. Y en “Hay leña” hay un pequeño atisbo de esa inquietud, con la que me siento identificada, que nos devuelve a las contradicciones, de las que se alimenta nuestra vida.

La poesía que todo atraviesa

A través de un lenguaje sencillo que se forma del nombre de las cosas que unidas forman un paisaje frondoso y lleno de silencio pero también de música, Arnolfi construye un libro emotivo que bien leído puede llegarnos a lo más hondo. Un libro que en el fondo avisa de una luz de esperanza, porque pese a lo retorcido que pueda ser el destino, siempre nos queda el azar que puede iluminar (dar un giro) los acontecimientos. Y ahí, la poesía, con su fuerza imperiosa que atraviesa muros, que impone un orden irregular al mundo conocido y que nos permite apreciar la brasa ya apagada de lo que minutos antes fuera leña, fuego y brasa candente.

La poesía de Arnolfi, como el fuego, atrae por su estética, su color intenso y su estructura inofensiva, pero no te imaginas al comenzar al leerla que puede ofrecer tantas posibilidades; por eso es ésta una lectura que impacta, atraviesa, transforma. Pienso que conseguir un poemario así es un gran acierto y me parece que puede ser una lectura encantadora para los que disfrutamos de las palabras claras y del aroma de la lluvia en la poesía. ¡Lean “Hay leña”!


 
 

HAY LEÑA
Jimena Arnolfi
Editorial Caleta Olivia
ISBN: 978-987-42-4219-8
60 páginas
 
 
 
 
 
 


 
 
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