En una calle tranquila de Martínez,
detrás de aquella puerta siempre abierta,
guardaba mi niñez sus días felices,
lejos del mundo y de la prisa incierta.
detrás de aquella puerta siempre abierta,
guardaba mi niñez sus días felices,
lejos del mundo y de la prisa incierta.
Allí estaba el banquito de las tardes,
testigo fiel de charlas y de juegos,
donde el abuelo Salvador, sin alardes,
sembraba en mí sus cuentos y consejos.
testigo fiel de charlas y de juegos,
donde el abuelo Salvador, sin alardes,
sembraba en mí sus cuentos y consejos.
A la sombra perfumada de los naranjos,
volaban mis risas con aroma a azahar,
mientras la abuela Amelia, con sus manos,
cuidaba cada flor y cada andar.
volaban mis risas con aroma a azahar,
mientras la abuela Amelia, con sus manos,
cuidaba cada flor y cada andar.
Y siempre a sus pies, noble y guardián,
andaba Chiquín, el perrito más fiel,
compañero alegre de aquel dulce hogar,
moviendo su cola en el patio aquel.
andaba Chiquín, el perrito más fiel,
compañero alegre de aquel dulce hogar,
moviendo su cola en el patio aquel.
Olor a café, a pan recién hecho,
a lluvia cayendo sobre el corredor;
un refugio tibio, firme y derecho,
hecho de paciencia, calma y amor.
a lluvia cayendo sobre el corredor;
un refugio tibio, firme y derecho,
hecho de paciencia, calma y amor.
Hoy vuelvo en silencio a ese rinconcito,
al banquito, a la puerta, al naranjal feliz,
y en Martínez, con Amelia, Salvador y Chiquín, benditos,
sigue floreciendo mi propia raíz.
al banquito, a la puerta, al naranjal feliz,
y en Martínez, con Amelia, Salvador y Chiquín, benditos,
sigue floreciendo mi propia raíz.
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Autor:
sergio Rodríguez v. (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 7 de noviembre de 2026 a las 09:23
- Categoría: Amor
- Lecturas: 1

Offline)
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