Sergio v Rodrigues VIVENCIAS EN LETRAS
El patio de MartÃnez
En una calle tranquila localidad de Martínez,
detrás de aquella puerta siempre abierta,
guardaba mi niñez sus días felices,
lejos del mundo y de la prisa incierta.
Allí estaba el banquito de las tardes,
testigo fiel de charlas y de juegos,
donde el abuelo Salvador, sin alardes,
sembraba en mí sus cuentos y consejos.
A la sombra perfumada de los naranjos,
volaban mis risas con aroma a azahar,
mientras la abuela Amelia, con sus manos,
cuidaba cada flor y cada andar.
Y siempre a sus pies, noble y guardián,
andaba Chiquín, el perrito más fiel,
compañero alegre de aquel dulce hogar,
moviendo su cola en el patio aquel.
Olor a café, a pan recién hecho,
a lluvia cayendo sobre el corredor;
un refugio tibio, firme y derecho,
hecho de paciencia, calma y amor.
Hoy vuelvo en silencio a ese rinconcito,
al banquito, a la puerta, al naranjal feliz,
con la abuela Amelia, abuelo Salvador y el Chiquín,,
sigue floreciendo mi propia raíz.
Tardes en la Plaza 9 de Julio
Frente a la Plaza 9 de Julio en Martínez,
donde la infancia tenía su propio lugar,
estaba el bazar de los Carreras,
emblema eterno de nuestro andar.
De allí salía el tesoro más buscado,
el karting a pedal listo para rodar,
convirtiendo cada sendero de la plaza
en la pista perfecta para soñar.
Entre árboles, risas y tardes largas,
pedaleábamos sin prisa ni final,
sintiendo que el mundo cabía entero
en una vuelta más de aquel pedal.
Y cuando caía el sol sobre los bancos
y el juego empezaba por fin a menguar,
nos esperaba el calor de Pizzería Nino,
con su aroma a horno como premio final.
Hoy vuelven intactas esas postales
que el paso del tiempo no logra borrar:
la Plaza 9 de Julio, los Carreras,
el karting a pedal y Nino al regresar.