No empieza con un cuerpo contra otro,
sino con una mesa que se alarga
y un plato que se enfría en el silencio
mientras los dos fingimos que no pasa.
Empieza en la palabra que se ahorra,
en el adiós que ya no busca nada,
en esa forma tibia de tocarse
que pesa más que cualquier bofetada.
El desamor es una grieta lenta,
un polvo gris que cubre los rincones;
no tiene la violencia de una hoguera,
sino el compás tenaz de los relojes.
Y uno aprende a habitar su propio frío,
a volverse fantasma en su trinchera,
olvidar el relieve de la piel,
la sed de ser nombrado en otra lengua.
Entonces, casi en calma,
la soledad se cansa de estar sola.
No busca la traición, busca el asombro,
volver a ser la orilla de las olas.
Basta un gesto fortuito, una mirada
que quiebra las paredes del destierro,
alguien que escucha lo que tú no dices
y deja una pavesa sobre el hierro.
Luego es solo una puerta que se entorna,
un lento desvestirse sin palabras,
y regresar de noche hasta la cama
a hundir la cara en la misma almohada.
Antonio Portillo Spínola ©
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Autor:
Spinoport (Seudónimo) (
Online) - Publicado: 1 de noviembre de 2026 a las 05:43
- Comentario del autor sobre el poema: No quise escribir sobre la traición, sino sobre la casa donde se vuelve después.
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

Online)
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