Antonio Portillo Spínola

La frontera invisible


​No empieza con un cuerpo contra otro,
sino con una mesa que se alarga
y un plato que se enfría en el silencio
mientras los dos fingimos que no pasa.
​Empieza en la palabra que se ahorra,
en el adiós que ya no busca nada,
en esa forma tibia de tocarse
que pesa más que cualquier bofetada.
​El desamor es una grieta lenta,
un polvo gris que cubre los rincones;
no tiene la violencia de una hoguera,
sino el compás tenaz de los relojes.
Y uno aprende a habitar su propio frío,
a volverse fantasma en su trinchera,
olvidar el relieve de la piel,
la sed de ser nombrado en otra lengua.
​Entonces, casi en calma,
la soledad se cansa de estar sola.
No busca la traición, busca el asombro,
volver a ser la orilla de las olas.
​Basta un gesto fortuito, una mirada
que quiebra las paredes del destierro,
alguien que escucha lo que tú no dices
y deja una pavesa sobre el hierro.
​Luego es solo una puerta que se entorna,
un lento desvestirse sin palabras,
y regresar de noche hasta la cama
a hundir la cara en la misma almohada.

 

Antonio Portillo Spínola ©