Vagón

Vjekoslav Darlić Mardešić

El tren, breve y de luces lánguidas,

serpenteaba por la colina

sobre raíles quebradizos.

No corría: carecía de aliento;

partía cuando la mañana

apenas comenzaba

y llegaba cuando la estación

ya había entornado sus puertas.

 

Cientos de manojos de azafrán

aguardaban en los bancos

junto a una mujer con el rostro

erosionado por los kilómetros.

Al verla, quise alcanzarla con la mano,

pero el vagón se alejaba,

mostrando el dolor de aquel abismo.

 

Entonces imaginé un tren tan corto

que se agotaba en la partida.

Imaginé un tren tan largo

que su último vagón

jamás alcanzaba su destino;

pero sí el primero,

que al llegar la llamaría

por encima de todas las cosas.

Y le contestaría una voz:

una voz idéntica a la suya.

 

Ninguno cruzó este pueblo de ausencias,

donde los días se arrastran como hiedra

y las noches tienen la aspereza del leño.

En la quietud de una lámpara,

yo solo quería rescatar su mirada

y hacerla volar sobre el paisaje,

para que el tiempo no borrara sus caminos.

 

Llegó la medianoche.

El tren, con bruscos vaivenes,

iniciaba su viaje de retorno,

espejando en sus ventanas turbias

extensos lagos

que ansiaban ser océanos

y frías escarchas

que soñaban con ser ramas frondosas.

 

La carne tenía que sobrevivir

hasta que nuevamente el tren,

ese latido de hierro y herrumbre,

acercara sus palabras

como quejándose de la distancia.

 

Trenes, estaciones, roces inmóviles

—únicas venturas—,

vuelos, sendas, esperas.

Voló y se hizo cielo.

Caminó y se hizo mañana.

Esperó y se hizo sombra.



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