El tren, breve y de luces lánguidas,
serpenteaba por la colina
sobre raíles quebradizos.
No corría: carecía de aliento;
partía cuando la mañana
apenas comenzaba
y llegaba cuando la estación
ya había entornado sus puertas.
Cientos de manojos de azafrán
aguardaban en los bancos
junto a una mujer con el rostro
erosionado por los kilómetros.
Al verla, quise alcanzarla con la mano,
pero el vagón se alejaba,
mostrando el dolor de aquel abismo.
Entonces imaginé un tren tan corto
que se agotaba en la partida.
Imaginé un tren tan largo
que su último vagón
jamás alcanzaba su destino;
pero sí el primero,
que al llegar la llamaría
por encima de todas las cosas.
Y le contestaría una voz:
una voz idéntica a la suya.
Ninguno cruzó este pueblo de ausencias,
donde los días se arrastran como hiedra
y las noches tienen la aspereza del leño.
En la quietud de una lámpara,
yo solo quería rescatar su mirada
y hacerla volar sobre el paisaje,
para que el tiempo no borrara sus caminos.
Llegó la medianoche.
El tren, con bruscos vaivenes,
iniciaba su viaje de retorno,
espejando en sus ventanas turbias
extensos lagos
que ansiaban ser océanos
y frías escarchas
que soñaban con ser ramas frondosas.
La carne tenía que sobrevivir
hasta que nuevamente el tren,
ese latido de hierro y herrumbre,
acercara sus palabras
como quejándose de la distancia.
Trenes, estaciones, roces inmóviles
—únicas venturas—,
vuelos, sendas, esperas.
Voló y se hizo cielo.
Caminó y se hizo mañana.
Esperó y se hizo sombra.