El puente de las ESBEC: La muchacha de Oriente

Alcides Chavarría🇳🇮

Tu acento era un trino de pájaros libres,
un sol granmense que se colaba en los pasillos de mi beca.


Nos separaba un tramo de tierra roja y cítricos,
pero nos unía ese deseo de quince años
de inventarnos un mundo donde el uniforme fuera gala.


Te recuerdo en las tardes de pase,
caminando hacia el límite exacto de nuestras escuelas,
donde el viento traía el olor a azahar de los campos pineros.


Tú, con tu risa de Oriente, me hablabas de una Cuba
que yo solo conocía por los libros de la profesora,
y en tus besos de adolescente, entre el susto y la prisa,
comprendí que el amor no tiene pasaporte ni distancia.


Gracias por ser mi primer refugio en la Isla,
por enseñarme a querer bajo el ritmo de la guajira
y por dejarme ver, en el brillo de tus ojos orientales,
que la felicidad podía ser simple: un abrazo a escondidas
mientras el sol se hundía detrás de las palmas.

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  • Autor: Alcides R. Chavarría (Seudónimo) (Offline Offline)
  • Publicado: 29 de octubre de 2026 a las 20:18
  • Comentario del autor sobre el poema: Escribir \\\"El puente de las ESBEC: La muchacha de Oriente\\\" ha sido un ejercicio de arqueología íntima, un intento de rescatar del tiempo aquel territorio donde la adolescencia aprendió a latir bajo coordenadas muy específicas. Las Escuelas Secundarias Básicas en el Campo (ESBEC) no fueron solo un modelo pedagógico de la historia cubana; fueron, sobre todo, el crisol donde miles de jóvenes —entre ellos los estudiantes becados extranjeros que llegamos a la Isla y adolescentes de diversas provincias del Oriente cubano— nos encontramos para compartir la intemperie, la ilusión y los primeros afectos. Este poema es un homenaje a ese cruce de caminos. A esa muchacha cubana, oriunda del Oriente del país y becada a unos 900 kilómetros de su hogar, de risa fresca y ojos luminosos, que me enseñó a mirar la Isla desde otra perspectiva; y al eco de aquellos años en los que un simple abrazo a escondidas, en los límites de un internado rodeado de tierra roja y cítricos, bastaba para desafiar cualquier distancia. Es una dedicatoria a la memoria de la juventud, al primer amor que no entendía de pasaportes y a la certeza de que, a pesar de los años transcurridos, hay paisajes del alma que jamás se mudan de sitio.
  • Categoría: Sin clasificar
  • Lecturas: 1
  • En colecciones: Bitácora de la Gratitud.


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