Tu acento era un trino de pájaros libres,
un sol granmense que se colaba en los pasillos de mi beca.
Nos separaba un tramo de tierra roja y cítricos,
pero nos unía ese deseo de quince años
de inventarnos un mundo donde el uniforme fuera gala.
Te recuerdo en las tardes de pase,
caminando hacia el límite exacto de nuestras escuelas,
donde el viento traía el olor a azahar de los campos pineros.
Tú, con tu risa de Oriente, me hablabas de una Cuba
que yo solo conocía por los libros de la profesora,
y en tus besos de adolescente, entre el susto y la prisa,
comprendí que el amor no tiene pasaporte ni distancia.
Gracias por ser mi primer refugio en la Isla,
por enseñarme a querer bajo el ritmo de la guajira
y por dejarme ver, en el brillo de tus ojos orientales,
que la felicidad podía ser simple: un abrazo a escondidas
mientras el sol se hundía detrás de las palmas.
©️Todos derechos reservados 29 de octubre 2026 — © Alcides R. Chavarría — Managua