Sembré mis retoños en plena primavera,
regué tus terrenos con fe y devoción;
puse hasta mi alma de jardinero,
¡y otro cosechaba mi dedicación!
Yo cargaba el agua, preparaba el terreno,
quitaba las piedras, cuidaba la flor;
pero el muy astuto, sin mover un dedo,
se llevaba el fruto y me dejaba el dolor.
¡Qué negocio tan bueno resultó mi aventura!
Yo ponía las manos, el sudor y el abono;
otro recogía la fruta madura,
¡y encima exigía que le diera el terreno!
Cuando el raudal se secó por completo,
se marchitaron mis sueños también;
yo me quedé hablando con los esqueletos
de aquellas promesas que nunca sembré.
Y entre tantos cardos, espinos y abrojos,
comprendí la lección con amarga ironía:
**quien siembra amor con los ojos cerrados
puede acabar pagando la cosecha de otro.**
Hoy miro mi tierra, tan seca y desierta,
y río al recordar mi absurda inversión:
¡le di mis semillas, le abrí hasta la puerta,
y terminé de espantapájaros de mi propia ilusión!
-
Autor:
Wuiliam (Seudónimo) (
Online) - Publicado: 28 de octubre de 2026 a las 21:15
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1
- Usuarios favoritos de este poema: jesus alberto porras

Online)
Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.