Todo cabe en un ojo,
en la mirada quieta del otoño,
en ese viento arrebolado
que estremece los sentidos
y desnuda lentamente los caminos.
Hay una luz escondida entre los labios
de quienes se desean y no se encuentran,
un temblor de margaritas marchitas,
un perfume de amores imposibles
que el viento lleva hacia ninguna parte.
Los últimos fulgores del verano
se desprenden de sus nidos,
como pájaros de oro que se alejan,
mientras la luz, enjoyada y tibia,
danza entre los sauces deshojados.
En las frondas oscuras de los sueños
duermen las ilusiones del ayer,
los besos que quedaron suspendidos,
las palabras que nunca pronunciamos,
las caricias que no llegaron a nacer.
Y bajo el tupido enjambre de las hojas
arde todavía el fulgor de nuestra sangre,
como una hoguera oculta entre las sombras,
como un amor que se resiste
a convertirse en ceniza.
El pintor contempla el horizonte,
moja su pincel en la nostalgia
y mezcla los ocres con la melancolía,
el rojo de una herida con el oro
de una tarde que lentamente expira.
Pinta el silencio de los árboles desnudos,
la soledad azul de los senderos,
el último rubor de una margarita
y la tristeza dulce de la lluvia
resbalando por los cristales del recuerdo.
Pero hay un color que no consigue,
un matiz que se le escapa de las manos:
el de unos ojos que una vez amaron,
el de unos labios que aún espera
encontrar al otro lado del otoño.
Y comprende, al guardar sus pinceles,
que no hay paleta capaz de retener
los colores fugitivos de la vida,
porque el otoño no pinta lo que muere,
sino la belleza de lo que hemos amado.
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Autor:
nachosol (
Online) - Publicado: 27 de octubre de 2026 a las 09:11
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

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