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La paleta del pintor (Otoño)

 

Todo cabe en un ojo,

en la mirada quieta del otoño,

en ese viento arrebolado

que estremece los sentidos

y desnuda lentamente los caminos.

 

Hay una luz escondida entre los labios

de quienes se desean y no se encuentran,

un temblor de margaritas marchitas,

un perfume de amores imposibles

que el viento lleva hacia ninguna parte.

 

Los últimos fulgores del verano

se desprenden de sus nidos,

como pájaros de oro que se alejan,

mientras la luz, enjoyada y tibia,

danza entre los sauces deshojados.

 

En las frondas oscuras de los sueños

duermen las ilusiones del ayer,

los besos que quedaron suspendidos,

las palabras que nunca pronunciamos,

las caricias que no llegaron a nacer.

 

Y bajo el tupido enjambre de las hojas

arde todavía el fulgor de nuestra sangre,

como una hoguera oculta entre las sombras,

como un amor que se resiste

a convertirse en ceniza.

 

El pintor contempla el horizonte,

moja su pincel en la nostalgia

y mezcla los ocres con la melancolía,

el rojo de una herida con el oro

de una tarde que lentamente expira.

 

Pinta el silencio de los árboles desnudos,

la soledad azul de los senderos,

el último rubor de una margarita

y la tristeza dulce de la lluvia

resbalando por los cristales del recuerdo.

 

Pero hay un color que no consigue,

un matiz que se le escapa de las manos:

el de unos ojos que una vez amaron,

el de unos labios que aún espera

encontrar al otro lado del otoño.

 

Y comprende, al guardar sus pinceles,

que no hay paleta capaz de retener

los colores fugitivos de la vida,

porque el otoño no pinta lo que muere,

sino la belleza de lo que hemos amado.