LA COSTUMBRE DEL BARRO

Antonio Portillo Spínola




​Queda una frase a medio construir,
un peso inútil en la lengua
que no encuentra la orilla de tu oído.
Tenerte no era esto:
guardar el hueco exacto de tu sombra,
aprender a nombrar hacia la nada.
​No hay resignación en este golpe.
Se subleva la carne
contra la cal que borra tu estatura,
contra el barro que calla
y se traga tu risa sin pudor.
Dolerte no es llorar:
es morder la madera de la mesa,
es llamar con los nudillos vivos
a una puerta que solo entrega frío.
​Te me has quedado dentro
como un miembro amputado
que todavía insiste en caminar,
que todavía duele cuando cambia el tiempo.
​Y me niego a este orden,
a la insolencia atroz de que amanezca,
a que el mundo continúe su molienda
mientras tú te deshaces en la hierba.
​Si he de cavar, cavo con las uñas.
Que ceda el barro, que se abra el surco:
no se le pone tierra a la palabra
si todavía arde entre los dos.

Antonio Portillo Spínola ©

  • Autor: Spinoport (Seudónimo) (Online Online)
  • Publicado: 23 de octubre de 2026 a las 07:22
  • Comentario del autor sobre el poema: Este poema nace de un ejercicio: intentar entrar en los sentimientos de Miguel Hernández cuando escribió su elegía a Ramón Sijé. No quise imitar sus versos, sino ponerme en su lugar y preguntarme cómo duele la muerte de alguien que se nos va antes de tiempo, con tantas cosas aún por compartir. "La costumbre del barro" habla de un duelo que se niega a ser resignación. Empieza con una frase que se queda a medio construir, porque ya no hay oído que la reciba. Después el dolor se vuelve físico: la carne se rebela contra la cal y el barro que borran al ser querido, y llorar no basta, hay que morder la madera de la mesa y llamar a una puerta que solo devuelve frío. La ausencia se queda dentro como un miembro amputado, que sigue doliendo aunque ya no esté. Por eso el poema se niega a aceptar que el mundo siga su curso como si nada, que amanezca con insolencia mientras el amigo se deshace en la hierba. Al final, el gesto es el mismo que en Hernández: cavar la tierra con las propias manos. Pero lo que se rescata aquí es la palabra, ese vínculo que todavía arde entre los dos. El título alude a eso: el barro tiene la costumbre de tragarse a los muertos, y este poema se rebela contra esa costumbre. Mi homenaje a Miguel Hernández y a todos los que han tenido que despedir a alguien demasiado pronto.
  • Categoría: Sin clasificar
  • Lecturas: 1


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