Queda una frase a medio construir,
un peso inútil en la lengua
que no encuentra la orilla de tu oído.
Tenerte no era esto:
guardar el hueco exacto de tu sombra,
aprender a nombrar hacia la nada.
No hay resignación en este golpe.
Se subleva la carne
contra la cal que borra tu estatura,
contra el barro que calla
y se traga tu risa sin pudor.
Dolerte no es llorar:
es morder la madera de la mesa,
es llamar con los nudillos vivos
a una puerta que solo entrega frío.
Te me has quedado dentro
como un miembro amputado
que todavía insiste en caminar,
que todavía duele cuando cambia el tiempo.
Y me niego a este orden,
a la insolencia atroz de que amanezca,
a que el mundo continúe su molienda
mientras tú te deshaces en la hierba.
Si he de cavar, cavo con las uñas.
Que ceda el barro, que se abra el surco:
no se le pone tierra a la palabra
si todavía arde entre los dos.
Antonio Portillo Spínola ©