DONDE EL AMOR SE ARRODILLA

Rosa Maria Reeder

Homenaje a Santa Teresa de Calcuta

 

No fue el fulgor quien reveló su nombre,

ni el mármol quien guardó su eternidad;

fue Dios quien se hizo herida entre los

hombres y mendigó en sus manos

caridad.


Ella escuchó el latido de lo ausente,

la voz que nadie quiso pronunciar,

y descubrió que el rostro del doliente

era un sagrario donde Dios lloraba.

 

Llevaba el cielo oculto entre los dedos,

la inmensidad ceñida a su humildad;

y ante el dolor, sin levantar los ojos,

alzaba el alma hasta la eternidad.

 

No preguntó de dónde venía el llanto,

ni qué pecado condenó aquel ser;

sabía que hasta el más hondo

desencanto guarda una luz que espera

renacer.


Amó sin exigir que floreciera

la tierra que regaba con su afán;

sembró ternura donde nada había

y dio calor a quien no tuvo hogar.


Y, sin embargo, ¿quién dirá si el cielo

no le mostró también su noche atroz?

 

Hay almas que atraviesan el desierto

buscando, en el silencio, alguna voz.

 

Quizá su fe creció como la llama

que alumbra más cuando amenaza el

viento; quizá aprendió que amar

también reclama creer aun cuando calla

el firmamento.


Porque el amor no siempre tiene alas,

ni siempre encuentra rosas al andar;

a veces es lavar heridas amargas,

sentarse junto a alguien y esperar.

 

Es sostener la mano que se enfría,

darle a la muerte un rostro de piedad,

y hacer que un corazón, por fin,

descubra que nunca fue invisible su

soledad.


Teresa: diminuta ante los ojos

de un mundo que idolatra la grandeza,

hiciste de los pobres los cerrojos

que abrieron las moradas de la Alteza.

 

Y ahora que tu cuerpo es tierra quieta,

que el tiempo ha recogido tu pasar,

tu vida sigue siendo una respuesta

que el alma de los hombres debe hallar.

 

Pues no se alcanza a Dios por las alturas, ni por la gloria que concede el mundo:

se llega a Él cruzando las honduras

del corazón más pobre y más profundo.


Y cuando al fin la noche nos pregunte

qué huella de este viaje hemos dejado,

no habrá corona, templo ni diamante

que valga más que un ser consolado.


Porque el cielo comienza en esta tierra

cuando una mano abraza otra mano,

cuando el amor desarma nuestras

guerras y Dios se vuelve prójimo y hermano.

 

Rosa María Reeder

Derechos Reservados 

  • Autor: Rosa Maria Reeder (Offline Offline)
  • Publicado: 12 de octubre de 2026 a las 00:34
  • Categoría: Sin clasificar
  • Lecturas: 1


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