Homenaje a Santa Teresa de Calcuta
No fue el fulgor quien reveló su nombre,
ni el mármol quien guardó su eternidad;
fue Dios quien se hizo herida entre los
hombres y mendigó en sus manos
caridad.
Ella escuchó el latido de lo ausente,
la voz que nadie quiso pronunciar,
y descubrió que el rostro del doliente
era un sagrario donde Dios lloraba.
Llevaba el cielo oculto entre los dedos,
la inmensidad ceñida a su humildad;
y ante el dolor, sin levantar los ojos,
alzaba el alma hasta la eternidad.
No preguntó de dónde venía el llanto,
ni qué pecado condenó aquel ser;
sabía que hasta el más hondo
desencanto guarda una luz que espera
renacer.
Amó sin exigir que floreciera
la tierra que regaba con su afán;
sembró ternura donde nada había
y dio calor a quien no tuvo hogar.
Y, sin embargo, ¿quién dirá si el cielo
no le mostró también su noche atroz?
Hay almas que atraviesan el desierto
buscando, en el silencio, alguna voz.
Quizá su fe creció como la llama
que alumbra más cuando amenaza el
viento; quizá aprendió que amar
también reclama creer aun cuando calla
el firmamento.
Porque el amor no siempre tiene alas,
ni siempre encuentra rosas al andar;
a veces es lavar heridas amargas,
sentarse junto a alguien y esperar.
Es sostener la mano que se enfría,
darle a la muerte un rostro de piedad,
y hacer que un corazón, por fin,
descubra que nunca fue invisible su
soledad.
Teresa: diminuta ante los ojos
de un mundo que idolatra la grandeza,
hiciste de los pobres los cerrojos
que abrieron las moradas de la Alteza.
Y ahora que tu cuerpo es tierra quieta,
que el tiempo ha recogido tu pasar,
tu vida sigue siendo una respuesta
que el alma de los hombres debe hallar.
Pues no se alcanza a Dios por las alturas, ni por la gloria que concede el mundo:
se llega a Él cruzando las honduras
del corazón más pobre y más profundo.
Y cuando al fin la noche nos pregunte
qué huella de este viaje hemos dejado,
no habrá corona, templo ni diamante
que valga más que un ser consolado.
Porque el cielo comienza en esta tierra
cuando una mano abraza otra mano,
cuando el amor desarma nuestras
guerras y Dios se vuelve prójimo y hermano.
Rosa María Reeder
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