No nace de la fiesta ni del rito,
sino de un polvo antiguo que se queja:
trova mozárabe que deja el grito
pegado al muro de una cal muy vieja.
Injerto de Toscana abrió la espina,
fue corte luego, mármol y ribera;
pero bajo la seda se adivina
la misma sed amarga de la fiera:
dos fuegos que se muerden la corteza,
el oro oscuro que deslumbra al ojo
y el hueso despojado que tropieza
con la nada, el desdén y el polvo rojo.
Arde la llama adentro, sin testigo,
en una noche oscura que no nombra;
hace de la aridez su propio abrigo
y cifra su verdad contra la sombra.
Después fue la intemperie: la campana
doblando sobre un páramo sin dueño,
el agua que se estanca en la mañana,
el hombre que despierta de su sueño
y encuentra la trinchera y la herradura,
la cal de la pared donde se apaga
el ruiseñor, y empieza la blancura
atroz del mediodía y de la llaga.
Mas no murió en la fosa ni en el viento.
Tras el silencio largo y la mordaza,
siguió la lengua contra el desaliento,
picando piedra en medio de la plaza,
buscando en la ceniza la centella:
no un monumento frío, no un laurel,
sino la voz herida que en la huella
deja ardiendo la cal sobre el papel.
Antonio Portillo Spínola ©
-
Autor:
Spinoport (Seudónimo) (
Online) - Publicado: 10 de octubre de 2026 a las 04:28
- Comentario del autor sobre el poema: En Voz de cal y llamarada he querido recorrer la historia de la poesía española, desde sus raíces medievales y la influencia de la lírica italiana hasta la mística, el desengaño barroco y la poesía marcada por la guerra, la censura y el silencio. He intentado mostrar cómo, a través de los siglos, cambian las formas de escribir, pero permanece una misma necesidad de expresar la condición humana. Bajo la belleza de las palabras sigue latiendo la inquietud del hombre ante el dolor, la muerte, la injusticia y el paso del tiempo. La cal representa la memoria que queda adherida a nuestras paredes y a nuestra historia; la llamarada simboliza la fuerza de una voz que se niega a desaparecer. Porque la poesía española no solo ha cantado a la belleza: también ha dado testimonio del sufrimiento, ha cuestionado su tiempo y ha mantenido viva la palabra frente a quienes pretendieron silenciarla. Al escribir este poema, no he querido levantar un monumento a nuestros poetas, sino reconocer la continuidad de esa voz que atraviesa las generaciones y sigue buscando en las cenizas una pequeña centella de verdad. Creo que esa es una de las grandes herencias de nuestra poesía: recordarnos que, aunque las épocas cambien y muchas voces se pierdan, siempre habrá alguien dispuesto a recoger sus palabras y mantener encendida la llama.
- Categoría: Sin clasificar
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