Antonio Portillo Spínola

Voz de cal y llamarada

 

​No nace de la fiesta ni del rito,

sino de un polvo antiguo que se queja:

trova mozárabe que deja el grito

pegado al muro de una cal muy vieja.

​Injerto de Toscana abrió la espina,

fue corte luego, mármol y ribera;

pero bajo la seda se adivina

la misma sed amarga de la fiera:

​dos fuegos que se muerden la corteza,

el oro oscuro que deslumbra al ojo

y el hueso despojado que tropieza

con la nada, el desdén y el polvo rojo.

​Arde la llama adentro, sin testigo,

en una noche oscura que no nombra;

hace de la aridez su propio abrigo

y cifra su verdad contra la sombra.

​Después fue la intemperie: la campana

doblando sobre un páramo sin dueño,

el agua que se estanca en la mañana,

el hombre que despierta de su sueño

​y encuentra la trinchera y la herradura,

la cal de la pared donde se apaga

el ruiseñor, y empieza la blancura

atroz del mediodía y de la llaga.

​Mas no murió en la fosa ni en el viento.

Tras el silencio largo y la mordaza,

siguió la lengua contra el desaliento,

picando piedra en medio de la plaza,

​buscando en la ceniza la centella:

no un monumento frío, no un laurel,

sino la voz herida que en la huella

deja ardiendo la cal sobre el papel.

 

Antonio Portillo Spínola ©