No nace de la fiesta ni del rito,
sino de un polvo antiguo que se queja:
trova mozárabe que deja el grito
pegado al muro de una cal muy vieja.
Injerto de Toscana abrió la espina,
fue corte luego, mármol y ribera;
pero bajo la seda se adivina
la misma sed amarga de la fiera:
dos fuegos que se muerden la corteza,
el oro oscuro que deslumbra al ojo
y el hueso despojado que tropieza
con la nada, el desdén y el polvo rojo.
Arde la llama adentro, sin testigo,
en una noche oscura que no nombra;
hace de la aridez su propio abrigo
y cifra su verdad contra la sombra.
Después fue la intemperie: la campana
doblando sobre un páramo sin dueño,
el agua que se estanca en la mañana,
el hombre que despierta de su sueño
y encuentra la trinchera y la herradura,
la cal de la pared donde se apaga
el ruiseñor, y empieza la blancura
atroz del mediodía y de la llaga.
Mas no murió en la fosa ni en el viento.
Tras el silencio largo y la mordaza,
siguió la lengua contra el desaliento,
picando piedra en medio de la plaza,
buscando en la ceniza la centella:
no un monumento frío, no un laurel,
sino la voz herida que en la huella
deja ardiendo la cal sobre el papel.
Antonio Portillo Spínola ©