El cerrojo no cede ante la costumbre.
Hay un chasquido seco,
un metal que desconoce
los aniversarios marcados a lápiz
detrás de la puerta de la cocina.
La intemperie empieza en el pasillo.
Bolsas de basura azul cobalto
donde no cabe la infancia:
un cazo abollado,
tres recibos con sello encarnado,
la foto enmarcada de alguien que prometió
que el trabajo bastaba para sostener un techo.
En la acera, el inventario del náufrago.
Un colchón doblado por la mitad
que expone sus muelles como costillas rotas,
mientras los furgones regulan el tráfico
y un funcionario con camisa limpia
anota la hora exacta
en que una familia se convierte en cifra.
Mirar hacia arriba:
la ventana, la tercera a la izquierda,
con las persianas ya bajadas por manos ajenas.
Queda el eco de los golpes en el portal,
los brazos entrelazados que no alcanzaron,
y esa rabia muda,
terca como el polvo de la escayola,
que no cabe en ningún acta judicial.
Antonio Portillo Spínola ©
-
Autor:
Spinoport (Seudónimo) (
Online) - Publicado: 9 de octubre de 2026 a las 04:56
- Comentario del autor sobre el poema: En España, la palabra "desahucio" forma parte del vocabulario cotidiano desde la crisis económica de 2008. Miles de familias perdieron su vivienda por no poder pagar la hipoteca o el alquiler. En los últimos años, a eso se ha sumado la compra masiva de pisos por parte de fondos de inversión, que ha encarecido los alquileres en muchas ciudades. Un desalojo es un acto judicial: llega una comisión con un funcionario que levanta acta, a menudo acompañada de la policía, y la familia tiene que abandonar la casa ese mismo día. "Acta de desalojo" intenta mirar ese momento como lo haría el propio documento oficial: anotando objetos, horas y gestos, sin adjetivos de más. El cerrojo cambiado que no sabe nada de los cumpleaños apuntados a lápiz detrás de una puerta. Una vida entera metida en bolsas de basura. Un colchón en la acera y la ventana propia, vista desde abajo, con las persianas ya bajadas por otros. Los brazos entrelazados aluden a los vecinos y activistas que en España se reúnen en los portales para intentar frenar los desahucios con sus propios cuerpos. A veces lo consiguen, y muchas veces no alcanza. El poema termina en lo que el acta no puede registrar: la rabia de quien ha hecho todo lo que le dijeron (trabajar, pagar, cumplir) y aun así se queda en la calle. Esa rabia no figura en ningún documento oficial, pero existe, y el poema quiere dejar constancia de ella.
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

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