Antonio Portillo Spínola

Acta de desalojo


​El cerrojo no cede ante la costumbre.
Hay un chasquido seco,
un metal que desconoce
los aniversarios marcados a lápiz
detrás de la puerta de la cocina.
​La intemperie empieza en el pasillo.
​Bolsas de basura azul cobalto
donde no cabe la infancia:
un cazo abollado,
tres recibos con sello encarnado,
la foto enmarcada de alguien que prometió
que el trabajo bastaba para sostener un techo.
​En la acera, el inventario del náufrago.
Un colchón doblado por la mitad
que expone sus muelles como costillas rotas,
mientras los furgones regulan el tráfico
y un funcionario con camisa limpia
anota la hora exacta
en que una familia se convierte en cifra.
​Mirar hacia arriba:
la ventana, la tercera a la izquierda,
con las persianas ya bajadas por manos ajenas.
​Queda el eco de los golpes en el portal,
los brazos entrelazados que no alcanzaron,
y esa rabia muda,
terca como el polvo de la escayola,
que no cabe en ningún acta judicial.

Antonio Portillo Spínola ©