El cerrojo no cede ante la costumbre.
Hay un chasquido seco,
un metal que desconoce
los aniversarios marcados a lápiz
detrás de la puerta de la cocina.
La intemperie empieza en el pasillo.
Bolsas de basura azul cobalto
donde no cabe la infancia:
un cazo abollado,
tres recibos con sello encarnado,
la foto enmarcada de alguien que prometió
que el trabajo bastaba para sostener un techo.
En la acera, el inventario del náufrago.
Un colchón doblado por la mitad
que expone sus muelles como costillas rotas,
mientras los furgones regulan el tráfico
y un funcionario con camisa limpia
anota la hora exacta
en que una familia se convierte en cifra.
Mirar hacia arriba:
la ventana, la tercera a la izquierda,
con las persianas ya bajadas por manos ajenas.
Queda el eco de los golpes en el portal,
los brazos entrelazados que no alcanzaron,
y esa rabia muda,
terca como el polvo de la escayola,
que no cabe en ningún acta judicial.
Antonio Portillo Spínola ©