No recuerdas el día
en que te graduaron la mirada.
Ocurrió sin anestesia,
quizá mientras aprendías a atarte los zapatos,
mientras repetías la consigna de la mañana
o aprendías a no señalar con el dedo
el hambre que pedía en la esquina.
Te colocaron el cristal.
Un vidrio fino, curvo,
tallado con la prisa de los siglos.
Desde entonces el mundo no es el mundo,
sino su corrección:
este dolor de aquí merece lágrimas,
aquel otro de enfrente
es solo el ruido inevitable de las cosas.
Miras la calle y crees que estás mirando.
Dices «justicia», dices «daño», dices «mío»,
con la certeza limpia del testigo,
sin advertir la curvatura previa,
el bisel invisible
que desvía la luz hacia tu boca
para que cada sílaba
absuelva la distancia.
A veces, al caer la tarde,
se empaña la lente.
Te detienes con una sospecha fría entre los dedos:
esta furia con la que ahora juzgas,
este asco que te brota tan puntual,
¿nacieron en tu pecho
o te los dejaron encendidos por la noche,
como quien deja la luz del pasillo
para que el niño tema la sombra equivocada?
Intentas frotarte los ojos.
Buscas la intemperie,
la luz salvaje antes del filtro.
Pero la carne ha crecido alrededor del marco,
y hay noches en que la sientes,
justo donde el metal aprieta el puente de la nariz.
No sabes si es aviso o costumbre.
Te lo preguntas con los dedos en la patilla:
arrancarte el cristal,
¿sería quedarte ciego
o empezar, por fin, a ver borroso?
Antonio Portillo Spínola ©
-
Autor:
Spinoport (Seudónimo) (
Online) - Publicado: 7 de octubre de 2026 a las 04:59
- Comentario del autor sobre el poema: Siempre he tenido la sospecha de que la ideología no es algo que uno elija en los libros ni en los mítines, sino una prótesis invisible que nos colocan mucho antes de que tengamos voz propia: mientras aprendemos a atarnos los zapatos, a callar o a mirar hacia otro lado. Escribí este poema a partir de una inquietud muy concreta: preguntarme si los juicios con los que miro la calle, mis indignaciones cotidianas o los dolores ajenos que decido ignorar nacieron realmente en mi pecho o me los dejaron encendidos por la noche, como esa luz del pasillo que enseña al niño a temer la sombra equivocada. El cristal es tan perfecto que creemos estar siendo testigos limpios del mundo, cuando en realidad solo repetimos la corrección que nos han impuesto. Lo más difícil de asumir es que la carne acaba cicatrizando sobre el marco; la costumbre se funde con el cuerpo y ya no sabemos dónde termina la prótesis y dónde empieza la propia piel. Por eso no busco en el poema una liberación heroica. Sé que arrancarse ese filtro no nos devuelve una verdad deslumbrante ni nos hace inmunes al error. Queda solo la duda íntima de si preferimos la comodidad de una nitidez prestada o el vértigo honesto de perder las certezas y empezar, por fin, a ver borroso. — Texto completo y otros poemas en: elquepermanece.es
- Categoría: Sin clasificar
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