Antonio Portillo Spínola

La corrección del ojo

 

​No recuerdas el día

en que te graduaron la mirada.

Ocurrió sin anestesia,

quizá mientras aprendías a atarte los zapatos,

mientras repetías la consigna de la mañana

o aprendías a no señalar con el dedo

el hambre que pedía en la esquina.

​Te colocaron el cristal.

Un vidrio fino, curvo,

tallado con la prisa de los siglos.

Desde entonces el mundo no es el mundo,

sino su corrección:

este dolor de aquí merece lágrimas,

aquel otro de enfrente

es solo el ruido inevitable de las cosas.

​Miras la calle y crees que estás mirando.

Dices «justicia», dices «daño», dices «mío»,

con la certeza limpia del testigo,

sin advertir la curvatura previa,

el bisel invisible

que desvía la luz hacia tu boca

para que cada sílaba

absuelva la distancia.

​A veces, al caer la tarde,

se empaña la lente.

Te detienes con una sospecha fría entre los dedos:

esta furia con la que ahora juzgas,

este asco que te brota tan puntual,

¿nacieron en tu pecho

o te los dejaron encendidos por la noche,

como quien deja la luz del pasillo

para que el niño tema la sombra equivocada?

​Intentas frotarte los ojos.

Buscas la intemperie,

la luz salvaje antes del filtro.

Pero la carne ha crecido alrededor del marco,

y hay noches en que la sientes,

justo donde el metal aprieta el puente de la nariz.

No sabes si es aviso o costumbre.

Te lo preguntas con los dedos en la patilla:

arrancarte el cristal,

¿sería quedarte ciego

o empezar, por fin, a ver borroso?

 

Antonio Portillo Spínola ©