El náufrago de tinta

Antonio Portillo Spínola



 

​La tinta se derrama como un río

que no conoce el mar, solo la orilla;

palabras que florecen de rodillas

en un cuaderno tímido y baldío.

​Buscó en la piel del otro una guarida,

dejó señales, migas en el suelo,

mas solo halló la prisa y el desvelo

de un mundo que no frena ante la herida.

​Se pudre en el silencio la madera:

¿por qué gastar la sangre en el cortejo

si el aire solo traga su reflejo

y el eco es una trampa que no espera?

​Sin embargo, en la tregua de la mesa,

la mano baja, torpe y desatenta;

roza la sal del folio, no escarmienta,

y ante la cal desierta no sopesa.

​Escribe, al fin. No busca ya la gloria

de ser hallado al fondo del gentío:

escribe por salvar de la memoria

su propia voz, helándose de frío.

​— Antonio Portillo Spínola ©

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  • Autor: Spinoport (Seudónimo) (Online Online)
  • Publicado: 6 de octubre de 2026 a las 04:57
  • Comentario del autor sobre el poema: Escribí este poema desde un lugar que casi todo el que se sienta ante una página en blanco conoce bien: la intemperie del silencio. ​Durante mucho tiempo pensé, quizá con la ingenuidad inevitable de los comienzos, que la poesía era un puente tendido hacia los demás, una botella arrojada al mar con la secreta esperanza de que alguien, al otro lado de la orilla, leyera el mensaje y viniera al rescate. Uno deja migas en el suelo, gasta horas y sangre en pulir un verso y espera encontrar un eco, una mirada cómplice en medio de las prisas del mundo. Sin embargo, lo que suele devolver la realidad es el vacío, la indiferencia o el ruido sordo de una multitud que camina sin mirar hacia abajo. ​En ese punto aparece siempre la tentación del abandono. La pregunta más amarga y lúcida que puede hacerse quien escribe: ¿para qué insistir si el aire no precisa de este arte? ​El náufrago de tinta nace justo en el instante posterior a esa duda. Es el testimonio de una derrota que se transforma en necesidad íntima. Descubrí que, cuando se desvanece la ilusión del aplauso o de la compañía, la mano vuelve al papel por pura obstinación física, por una inercia casi animal que no escarmienta ni calcula pérdidas. ​Al final, este poema no habla de la gloria ni del consuelo de ser leído; habla de la escritura como un acto de supervivencia elemental. Si sigo escribiendo, aun sabiendo que el mar está desierto y que nadie espera al otro lado, no es para salvar al mundo ni para ser hallado: es, sencillamente, para evitar que mi propia voz se congele de frío en el silencio.
  • Categoría: Sin clasificar
  • Lecturas: 1


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