La tinta se derrama como un río
que no conoce el mar, solo la orilla;
palabras que florecen de rodillas
en un cuaderno tímido y baldío.
Buscó en la piel del otro una guarida,
dejó señales, migas en el suelo,
mas solo halló la prisa y el desvelo
de un mundo que no frena ante la herida.
Se pudre en el silencio la madera:
¿por qué gastar la sangre en el cortejo
si el aire solo traga su reflejo
y el eco es una trampa que no espera?
Sin embargo, en la tregua de la mesa,
la mano baja, torpe y desatenta;
roza la sal del folio, no escarmienta,
y ante la cal desierta no sopesa.
Escribe, al fin. No busca ya la gloria
de ser hallado al fondo del gentío:
escribe por salvar de la memoria
su propia voz, helándose de frío.
— Antonio Portillo Spínola ©