Hasta que la muerte nos separe

lavid@desdeotroangulo

Ella decía que mi café

siempre sabía demasiado amargo.

 

Yo decía que era porque

ella le ponía demasiado azúcar.

 

Y los dos reíamos.

 

Así empezaban nuestras mañanas.

 

Con dos tazas sobre la mesa,

una ventana abierta

y el ruido de los pájaros

entrando en la cocina.

 

El día de nuestra boda

llovió.

 

Ella dijo que era buena suerte.

 

Yo le dije que entonces

seríamos felices para siempre.

 

Y ella me creyó.

 

O eso recuerdo.

 

Los primeros años fueron sencillos.

 

Películas los viernes,

cenas improvisadas,

fotografías que nunca terminamos

de ordenar.

 

Ella dormía del lado derecho.

 

Yo, del izquierdo.

 

Decíamos que algún día

tendríamos una casa enorme.

 

Nunca la tuvimos.

 

Pero tuvimos un apartamento pequeño

con paredes demasiado delgadas

y vecinos que podían escuchar

cuando discutíamos.

 

No discutíamos mucho.

 

Al menos,

eso decía ella.

 

Con el tiempo

dejamos de reírnos por las mañanas.

 

El café seguía allí.

 

Dos tazas.

 

Una junto a la otra.

 

Pero ya no hablábamos.

 

Después comenzaron los silencios.

 

Primero duraban minutos.

 

Luego horas.

 

Luego días.

 

Una noche ella me preguntó:

 

—¿Todavía me quieres?

 

No respondí inmediatamente.

 

Creo que ese fue mi error.

 

Ella sonrió.

 

Una sonrisa pequeña.

 

Triste.

 

—Ya entendí —dijo.

 

Al día siguiente

compró flores.

 

Nunca supe por qué.

 

Las puso en la mesa

donde desayunábamos.

 

Eran blancas.

 

Demasiado blancas.

 

Aquella noche cenamos juntos.

 

Hablamos de la boda.

 

De la lluvia.

 

Del café.

 

De la casa que nunca tuvimos.

 

Por primera vez en mucho tiempo

ella volvió a reír.

 

Me dijo:

 

—¿Ves? Todavía podemos ser felices.

 

Yo también sonreí.

 

Y durante unas horas

volvimos a ser los de antes.

 

A la mañana siguiente

había una sola taza sobre la mesa.

 

El café estaba frío.

 

Las flores seguían allí.

 

Y la casa estaba completamente en silencio.

 

Desde entonces

no soporto la lluvia.

 

Ni el café.

 

Ni las flores blancas.

 

Pero lo peor

 

es que todavía recuerdo

su última sonrisa

 

y sigo sin saber

 

si aquella noche

 

ella me perdonó

 

o si simplemente

 

se despidió.

  • Autor: lavid@desdeotroangulo (Online Online)
  • Publicado: 28 de septiembre de 2026 a las 20:10
  • Comentario del autor sobre el poema: Este poema lo escribo para que aquellos que estén casados aprecien el hecho de que ambos están dispuestos a darlo todo el uno por el otro, y estarán asi hasta que la muerte los separe
  • Categoría: Amor
  • Lecturas: 1


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