Ella decía que mi café
siempre sabía demasiado amargo.
Yo decía que era porque
ella le ponía demasiado azúcar.
Y los dos reíamos.
Así empezaban nuestras mañanas.
Con dos tazas sobre la mesa,
una ventana abierta
y el ruido de los pájaros
entrando en la cocina.
El día de nuestra boda
llovió.
Ella dijo que era buena suerte.
Yo le dije que entonces
seríamos felices para siempre.
Y ella me creyó.
O eso recuerdo.
Los primeros años fueron sencillos.
Películas los viernes,
cenas improvisadas,
fotografías que nunca terminamos
de ordenar.
Ella dormía del lado derecho.
Yo, del izquierdo.
Decíamos que algún día
tendríamos una casa enorme.
Nunca la tuvimos.
Pero tuvimos un apartamento pequeño
con paredes demasiado delgadas
y vecinos que podían escuchar
cuando discutíamos.
No discutíamos mucho.
Al menos,
eso decía ella.
Con el tiempo
dejamos de reírnos por las mañanas.
El café seguía allí.
Dos tazas.
Una junto a la otra.
Pero ya no hablábamos.
Después comenzaron los silencios.
Primero duraban minutos.
Luego horas.
Luego días.
Una noche ella me preguntó:
—¿Todavía me quieres?
No respondí inmediatamente.
Creo que ese fue mi error.
Ella sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Triste.
—Ya entendí —dijo.
Al día siguiente
compró flores.
Nunca supe por qué.
Las puso en la mesa
donde desayunábamos.
Eran blancas.
Demasiado blancas.
Aquella noche cenamos juntos.
Hablamos de la boda.
De la lluvia.
Del café.
De la casa que nunca tuvimos.
Por primera vez en mucho tiempo
ella volvió a reír.
Me dijo:
—¿Ves? Todavía podemos ser felices.
Yo también sonreí.
Y durante unas horas
volvimos a ser los de antes.
A la mañana siguiente
había una sola taza sobre la mesa.
El café estaba frío.
Las flores seguían allí.
Y la casa estaba completamente en silencio.
Desde entonces
no soporto la lluvia.
Ni el café.
Ni las flores blancas.
Pero lo peor
es que todavía recuerdo
su última sonrisa
y sigo sin saber
si aquella noche
ella me perdonó
o si simplemente
se despidió.