Desnudé la armadura de mis miedos,
por no herir tu blancura al abrazarte,
y con sangre en las palmas de los dedos,
hice un templo de luz para adorarte.
Coronamos el nido con la vida
del corazón que latió en tu costado;
yo te amaba con alma desprendida,
sin la furia del cuerpo enajenado.
Yo forjé los cimientos cada día
sosteniendo el hogar en la tormenta;
pero tú te volviste sombra fría,
con la mirada gris y desatenta.
Hoy el lecho es un témpano vacío;
si te busco la piel de madrugada,
solo encuentro la estatua del hastío,
y el frío de tu carne congelada.
Y me asfixia la pena y la agonía
al rozar tu blancura indiferente,
cuando cierras los ojos, muda y fría,
para amar a un extraño con la mente.
Se resquebraja el mármol del orgullo
al mirarme en tus ojos, ya borrado;
el murmullo del viento no es murmullo,
es el precio más cruel de haberte amado.
Me retiro sin odio ni lamento
por la niña que hereda mis latidos;
que la vida te sople un nuevo viento
y restaure tus fuegos ya perdidos.
Que tu piel vuelva al fin a estremecerse
con un hombre que toque tu verdad,
y que puedan tus miedos disolverse
en los brazos de su sinceridad.
Yo me quedo en la orilla del pasado,
amándote sin verte, en la deriva,
pues la herida tan cruel que me has dejado,
duele bonito y sangra mientras viva.
JTA.
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Autor:
jtaltuve (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 27 de septiembre de 2026 a las 19:43
- Comentario del autor sobre el poema: Mis queridos lectores: Hoy quiero abrirles la puerta de la habitación más íntima de mi alma. Muchos me preguntan qué me llevó a escribir "Durmiendo con las cenizas del pasado presente", esta tinta que parece quemar y helar al mismo tiempo. Me inspiró el silencio ensordecedor que habita en muchas alcobas. Esa escarcha invisible que se forma cuando dos cuerpos comparten la misma cama, pero sus almas deambulan por universos distintos. Me inspiró el dolor callado, ese llanto que a nosotros nos enseñan a olvidar, cuando vemos derrumbarse, ladrillo a ladrillo, el templo que construimos con la sangre de nuestras manos. Nació de la necesidad de darle voz a la entrega absoluta que termina estrellándose contra el muro de la indiferencia. No busco que juzguen, ni repartir culpas en el tribunal del amor. Mi mayor anhelo es abrazarlos con las palabras. Quiero que si alguna vez se han sentido invisibles ante los ojos de quien aman, si alguna vez han tocado una piel que se ha vuelto de mármol, sientan que no están solos en ese naufragio. Quiero que este poema sea un espejo donde el desamor se mire a los ojos sin vergüenza, y que juntos entendamos que rendirse y soltar, cuando ya no hay fuego, es el acto de amor y valentía más grande que existe. Mi conexión con este poema es de carne y hueso. Esa historia me atraviesa porque fui ese hombre que se quitó la armadura, que bajó su escudo y apostó su vida entera a un solo número. Ese "corazón que latió en su costado" es el milagro que me ancla a la vida y la razón por la que, a pesar de la tormenta, valió la pena el viaje. Me conectan las noches de insomnio esperando un abrazo que parecía una amenaza, y la lección desgarradora de aprender a amar a alguien deseándole la felicidad en otros brazos. Al poner el punto final a la última estrofa Sentí que exhalaba un invierno que llevaba años atrapado en mis pulmones. Al escribir ese verso que dice "duele bonito y sangra mientras viva", sentí el dolor agudo de la herida, sí, pero también una paz inmensa, extraña y liberadora. Fue como recoger compasivamente las cenizas de un gran incendio, guardarlas en una urna de cristal y, finalmente, abrir la ventana de par en par para que el viento me devolviera la respiración. A través de la poesía, mi propia tragedia se había convertido en belleza, y que al fin estaba listo para caminar de nuevo, aunque tuviera que hacerlo pisando descalzo mis propias cicatrices. Con el corazón en la mano, espero que estas cenizas también logren darles un poco de calor. JTA.
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

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