Desnudé la armadura de mis miedos,
por no herir tu blancura al abrazarte,
y con sangre en las palmas de los dedos,
hice un templo de luz para adorarte.
Coronamos el nido con la vida
del corazón que latió en tu costado;
yo te amaba con alma desprendida,
sin la furia del cuerpo enajenado.
Yo forjé los cimientos cada día
sosteniendo el hogar en la tormenta;
pero tú te volviste sombra fría,
con la mirada gris y desatenta.
Hoy el lecho es un témpano vacío;
si te busco la piel de madrugada,
solo encuentro la estatua del hastío,
y el frío de tu carne congelada.
Y me asfixia la pena y la agonía
al rozar tu blancura indiferente,
cuando cierras los ojos, muda y fría,
para amar a un extraño con la mente.
Se resquebraja el mármol del orgullo
al mirarme en tus ojos, ya borrado;
el murmullo del viento no es murmullo,
es el precio más cruel de haberte amado.
Me retiro sin odio ni lamento
por la niña que hereda mis latidos;
que la vida te sople un nuevo viento
y restaure tus fuegos ya perdidos.
Que tu piel vuelva al fin a estremecerse
con un hombre que toque tu verdad,
y que puedan tus miedos disolverse
en los brazos de su sinceridad.
Yo me quedo en la orilla del pasado,
amándote sin verte, en la deriva,
pues la herida tan cruel que me has dejado,
duele bonito y sangra mientras viva.
JTA.