Naciste ingrávida, errante, pura,
una luz que no aprendió a doler.
Te dieron por casa la arcilla:
un pozo estrecho de agua y raíz.
Soñabas con una altura sin ruido,
con la palabra anterior a la herida;
pero la carne despierta con hambre
y en cada pulso te exige vida.
Manda el cuerpo: es quien padece.
Conoce el frío, el temblor, la cama.
Ningún rezo sostiene tu vuelo
cuando el dolor se atrinchera en el pecho.
La piel no entiende de verdades sagradas:
arde en el goce, se deshace en deseo.
Un roce breve derriba tu templo;
un solo beso te destrona del cielo.
Y ya no lamentas la caída:
olvidas la luz quieta,
te abrazas a la tierra,
truecas la eternidad por una boca
y le das gracias a la arcilla,
que entre tanta pureza desolada
fue la primera en encenderte.
Antonio Portillo Spínola ©
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Autor:
Spinoport (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 27 de septiembre de 2026 a las 04:47
- Comentario del autor sobre el poema: El imperio de la arcilla nace de una pregunta antigua: qué ocurre cuando el alma, que se sueña pura y eterna, tiene que habitar un cuerpo que siente hambre, frío, dolor y deseo. El poema empieza con esa alma recién llegada, ingrávida, una luz que todavía no sabe lo que es sufrir, y a la que le dan por casa algo tan estrecho y terrenal como la arcilla. Al principio el cuerpo es una cárcel. El alma sigue soñando con las alturas, con una palabra limpia anterior a toda herida, pero la carne despierta y exige vivir. Es el cuerpo quien manda, porque es quien padece: ningún rezo sostiene el vuelo cuando el dolor aprieta el pecho. Y es la piel, que no entiende de verdades sagradas, la que termina de derribar el templo. Basta un beso para destronar al alma de su cielo. Pero el poema no acaba en derrota. En la última estrofa el alma deja de lamentar su caída. Se abraza a la tierra, cambia la eternidad por una boca y le da gracias a la arcilla, igual que antes se las daba a lo alto. Descubre que aquella pureza era también una forma de soledad, y que fue la materia, lo humilde, lo que se toca y se quema, lo que por primera vez la encendió. Es, en el fondo, un poema de reconciliación. Habla de aceptar que no somos solo espíritu, que el cuerpo con sus límites y sus llamas no nos aparta de lo más hondo, sino que es el lugar donde aprendemos a arder. Una luz que no duele tampoco calienta.
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 2

Offline)
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