Naciste ingrávida, errante, pura,
una luz que no aprendió a doler.
Te dieron por casa la arcilla:
un pozo estrecho de agua y raíz.
Soñabas con una altura sin ruido,
con la palabra anterior a la herida;
pero la carne despierta con hambre
y en cada pulso te exige vida.
Manda el cuerpo: es quien padece.
Conoce el frío, el temblor, la cama.
Ningún rezo sostiene tu vuelo
cuando el dolor se atrinchera en el pecho.
La piel no entiende de verdades sagradas:
arde en el goce, se deshace en deseo.
Un roce breve derriba tu templo;
un solo beso te destrona del cielo.
Y ya no lamentas la caída:
olvidas la luz quieta,
te abrazas a la tierra,
truecas la eternidad por una boca
y le das gracias a la arcilla,
que entre tanta pureza desolada
fue la primera en encenderte.
Antonio Portillo Spínola ©