Yo cuidaba el templo de una historia ya vacía,
velando un sueño que tu boca ya no deseaba.
Qué ironía tan cruel, qué ciega herejía:
mientras yo afilaba la espada y te resguardaba,
tú, escondida en otra piel, otro reino construías.
Me volví un adicto al borde del precipicio,
a buscar la grieta en la pared más perfecta.
Si la ternura me rozaba, me parecía un suplicio;
mi cuerpo esperaba el golpe, en sumisión directa.
La paz era un monstruo, una amenaza de oficio.
Pero llegaste tú, con lentitud de fiera,
a desabrochar mis miedos, a desnudar mi escudo.
Con una sonrisa pícara, como quien no quisiera,
convertiste mi tragedia en un adorno mudo,
y dejaste que tu boca me quitara la frontera.
Aquí yace la paradoja de mi alma de guerrero:
sobreviví a las tormentas, al fuego, a la metralla,
pero es tu caricia dócil mi abismo verdadero.
Me aterra más tu calma que perder una batalla,
pues si me sueltas hoy, por esta paz, me muero.
Y mientras lees esto, detente... la página suspira.
Estas letras ya no son mías, han roto su condena.
Se escapan de tu pantalla, te observan, te respiran;
trepan lentas por tus muslos, se funden en tu vena,
buscando en tu humedad el fuego que las inspira.
Exigen restitución, regresan a su origen,
borrando la distancia entre quien lee y quien escribe.
Son mis sílabas con hambre las que ahora te dirigen,
uniendo nuestros cuerpos en un trazo que pervive.
Ya no es tinta, soy yo, que en tus manos vive.
No busques más la grieta, ríndete al abrazo.
Deja que mis palabras te hagan el amor despacio.
Que la vieja costumbre muera en este dulce lazo,
y hagamos de tu mente mi más sagrado palacio,
donde el mundo se apague, al ritmo de mi trazo.
JTA.
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Autor:
jtaltuve (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 26 de septiembre de 2026 a las 22:02
- Comentario del autor sobre el poema: Acércate un poco. Imagina por un instante que estamos sentados frente a frente, tú y yo. Imagina que hay un café humeante de por medio o, mejor aún, un par de copas de vino bajo una luz tenue. cierra tus ojos y imagina Mirar los míos. Quiero hablarte sin escudos, sin la frialdad que a veces impone una pantalla o un papel. Quiero contarte el secreto detrás de estas letras. Escribí La Costumbre porque me cansé de fingir que la armadura no pesa. Me di cuenta de que, por mucho tiempo, me había convertido en un experto en sobrevivir a los naufragios, pero me aterrorizaba caminar sobre tierra firme. Mi inspiración no vino de un cuento de hadas; nació de una cicatriz muy real que sé que tú también conoces. ¿Sabes cuál es el golpe más devastador de una traición? No es simplemente que alguien se vaya. Es descubrir que, mientras tú te desvivías haciendo guardia, cuidando y protegiendo el castillo de una historia compartida, la otra persona ya estaba construyendo otra vida a tus espaldas, en absoluto silencio. Eso me dejó una herencia amarga: la bendita costumbre de esperar siempre el próximo golpe. Me convertí en un guardián perpetuo, en alguien que, ante la llegada de algo hermoso y pacífico, en lugar de abrir la puerta de par en par, se quedaba buscando la grieta en la pared, preguntándose por dónde iba a entrar la desgracia. Este escrito Refleja mi faceta más cruda, más vulnerable y, paradójicamente, la más valiente. Muestra a un hombre que sabe hacerle frente a mil tormentas, pero que tembló de un miedo irracional cuando por fin me ofrecieron paz. Muestra mi propia contradicción humana: el absurdo pánico que sentimos a ser amados bien, sin trampas, sin gritos, sin condiciones. Pero sobre todo, quiero decirte qué es lo que busco lograr en ti que me estás leyendo. No escribí esto para que simplemente pases los ojos por las estrofas y sigas con tu día. Escribí esto para que valores tu tiempo, tu ser. Quiero que mis letras funcionen como mis manos, cruzando el abismo del tiempo y la distancia para tocarte donde nadie más llega. Quiero acariciar esos miedos mudos que guardas bajo llave y decirte que te entiendo. Si en el poema te digo que las letras cobran vida, que te observan y te reclaman, es porque quiero seducir tus defensas; quiero que sientas una conexión tan física, tan real y tan íntima, que la soledad te parezca una mentira. Quiero que, al terminar de leerme, respires hondo, sueltes los hombros y digas: "Ya está. Ya pasó el peligro". Quiero que te atrevas a disfrutar de la calma sin pedirle explicaciones al destino, sin esperar la puñalada. No puedo estar ahí físicamente para decírtelo frente a frente, rozando tu mano sobre la mesa. Pero si te entregas a mis palabras, si dejas que el poema te abrace y te desarme, sabrás que un pedazo de mi alma se ha escapado de mi pecho para quedarse a vivir contigo. JTA.
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

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