jtaltuve

Costumbre

 

Yo montaba guardia en las ruinas de lo nuestro,
velando un fuego que tu boca ya no alimentaba.
Qué ironía tan amarga:
mientras yo me rompía las manos sosteniendo el techo,
tú, en estricto silencio,
le medías los cimientos a la piel de alguien más.

 

Me hice adicto al vértigo,
un centinela buscando la fractura en los días perfectos.
Si la ternura me rozaba, yo apretaba los dientes;
mi cuerpo estaba tan domesticado por el desastre
que la paz se volvió un depredador.
La calma no era un alivio,
era solo ese silencio denso que anticipa el golpe.

 

Y entonces, llegaste tú.
Sin hacer ruido, con una quietud de fiera.
No trajiste escudos ni alzaste banderas,
solo una sonrisa ladeada, casi cómplice,
que me fue desabrochando el pánico.
Dejaste que tu aliento desdibujara mis fronteras
y volviste mi tragedia un simple ruido de fondo.

 

Aquí yace la gran paradoja de mi vida en trincheras:
sobreviví a las peores tormentas, al hielo, a la traición,
pero es tu caricia dócil la que me asoma al abismo.
Me aterra más esta quietud tuya que perder la guerra,
porque si me sueltas hoy, de tanta paz, me muero.

 

Cierra los ojos un segundo.
Nota cómo el vacío de la habitación donde me lees
empieza a poblarse con mi respiración.
Siente el peso exacto de una sombra
que cruza la distancia, se sienta a tu lado
y te aparta el pelo de la nuca
para robarte el frío.

 

Deja caer la armadura. Despacio.
Suelta los hombros, ya no hay de quién huir.
Esta calma no tiene letras pequeñas ni esconde trampas;
son mis propias palabras saltando del texto,
cubriéndote la espalda
para que por fin descanses de tanta resistencia.

 

Respira profundo. La guerra terminó.
Apaga la urgencia de esperar la herida,
y ríndete a la extraña costumbre
de que no pase nada malo
mientras te abrazo.

 

JTA.