El escudo de sangre

Antonio Portillo Spínola

 

Hay un temblor oscuro que me apaga el pecho,
un frío mineral que va ganando el pulso,
sé bien hacia qué orilla se inclina ya mi lecho
y el miedo no es mentira: es un abismo absurdo.

Tengo pavor del límite, de no encender el día,
de soltar de repente las riendas de la voz,
de esta carne que cede, que duda y se enfría,
de no saber qué queda tras el último adiós.

Y sin embargo, en medio del espanto que crece,
se abre una tregua limpia, un rescoldo de luz:
si el rayo ha descendido y la sombra oscurece,
agradezco en silencio que cargue yo esta cruz.

Que no sea mi niña con su risa intacta,
con sus pasos descalzos rozando el porvenir;
que no sean mis hermanos, cuya sangre me ata,
los que tengan hoy mismo que romperse y partir.

Soy el muro que frena la herida de la suerte,
el árbol que se quiebra para salvar la flor.
Si alguien debía abrirle la puerta a la muerte,
bendigo ser la parte elegida en su rigor.

Iré con este miedo que me araña la piel,
pero con la certeza de haber parado el golpe:
que ellos respiren la mañana intacta,
mientras guardo su luz en el envés del día.

 

Antonio Portillo Spínola © 

  • Autor: Spinoport (Seudónimo) (Online Online)
  • Publicado: 25 de septiembre de 2026 a las 05:46
  • Comentario del autor sobre el poema: “El escudo de sangre” es un poema sobre el miedo a morir y sobre el amor que decide transformar ese miedo en protección. El yo poético no habla desde el heroísmo: tiembla, siente frío, teme perder la voz, la carne, el día. Sabe que su lecho se inclina hacia la otra orilla. Pero en medio del espanto surge una tregua: la posibilidad de que su muerte no sea un absurdo, sino un escudo. Si alguien debe romperse, que sea él; si alguien debe abrirle la puerta a la muerte, que sea él. No lo hace por valentía, sino por amor: para que su niña conserve la risa intacta, para que sus hermanos no tengan que partir. La sangre del título es herida y vínculo: lo ata a los suyos y lo convierte en muro, en árbol que se quiebra para salvar la flor. El final no promete resurrección: promete custodia. Él guardará la luz de los suyos en el envés del día, es decir, en la parte oculta y oscura, para que ellos respiren una mañana intacta. Es, en definitiva, una elegía anticipada y un testamento de amor: aceptar la sombra para que otros sigan en la luz.
  • Categoría: Sin clasificar
  • Lecturas: 1


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