Hay un temblor oscuro que me apaga el pecho,
un frío mineral que va ganando el pulso,
sé bien hacia qué orilla se inclina ya mi lecho
y el miedo no es mentira: es un abismo absurdo.
Tengo pavor del límite, de no encender el día,
de soltar de repente las riendas de la voz,
de esta carne que cede, que duda y se enfría,
de no saber qué queda tras el último adiós.
Y sin embargo, en medio del espanto que crece,
se abre una tregua limpia, un rescoldo de luz:
si el rayo ha descendido y la sombra oscurece,
agradezco en silencio que cargue yo esta cruz.
Que no sea mi niña con su risa intacta,
con sus pasos descalzos rozando el porvenir;
que no sean mis hermanos, cuya sangre me ata,
los que tengan hoy mismo que romperse y partir.
Soy el muro que frena la herida de la suerte,
el árbol que se quiebra para salvar la flor.
Si alguien debía abrirle la puerta a la muerte,
bendigo ser la parte elegida en su rigor.
Iré con este miedo que me araña la piel,
pero con la certeza de haber parado el golpe:
que ellos respiren la mañana intacta,
mientras guardo su luz en el envés del día.
Antonio Portillo Spínola ©