El hombre que aprendí
Del hombre primigenio
aprendí la prontitud de la caverna,
el fuego como chispa de la vida,
el puñal para amilanar la fiera.
Del animal erguido
y de las palmas que ofrendan
lo banal y lo puro,
del instinto que se niega a abreviar su resistencia,
del hueso, de su carne y de la sangre,
que es un rito a su existencia.
Del hombre y la mujer de arcilla
el fecundo abrazo de la tierra,
la mano dura de la lanza,
del arco y de la flecha
su mirada en pleno
y la fuerza de su esencia.
Del agua, del pájaro y del árbol,
de su raíz y tallo, de su fruto y hojas,
el canto puro para ensanchar el pecho
de la montaña y de su selva.
Del hombre lumbre,
el que conquistó del rayo la majestad del fuego,
el que guardó la brasa en la cueva
y con ella rasgó el velo de la noche
y llenó de estrellas el llanto de sus sombras.
Del hombre letra,
el que talló la piedra,
el que encerró el trueno en un signo,
el que hizo de su voz un canto
y de su canto, la memoria.
Del hombre que trazó en papiros
partituras y el norte de su ciencia,
el que midió la luna con colores de escarlata,
el que pesó el alma en números,
el que curó la carne
y enfermó el sentido.
Del hombre ciudad,
el ruido que devora el silencio,
la letra cobarde que oscurece la tinta
y el perro que ladra sin morder.
Y del hombre último,
de mí,
aprendí que toda la historia cabe en una mano:
la que hiere,
la que ofrenda,
y la que escribe.
Racsonando Ando
Oscar Arley Noreña Ríos
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Autor:
Racsonando (Seudónimo) (
Online) - Publicado: 23 de septiembre de 2026 a las 10:41
- Categoría: Naturaleza
- Lecturas: 2
- En colecciones: ¡Arquitectura de la memoria y el asombro!.

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