La huésped del último andén

Antonio Portillo Spínola

Llega siempre con el calzado húmedo,
como quien ha caminado demasiado junto al río.
Nadie la espera a esa hora,
pero empuja la puerta entornada,
se sacude la llovizna del cuello
y pide permiso con la voz gastada de los andenes.
Alguien cree ver en ella a una parienta lejana,
una vecina que regresa tarde del mercado
o simplemente la sombra del peral contra los vidrios.
Ella no aclara el equívoco;
acepta una taza de té tibio,
se sienta en la silla que rechina
y escucha el rumor de la casa con la paciencia
de quien ha perdido el último tren y no le importa.
Sobre la mesa apoya su equipaje menudo:
una maleta de cuero agrietado,
un pasaporte amarillento donde ya no queda ningún rostro,
un horario de trenes con estaciones clausuradas
y una moneda extranjera que ya no compra nada.
No trae relojes,
no carga inventarios ni condenas;
solo billetes con la vuelta arrancada
y cartas dobladas en cuatro
que aprendió de memoria en posadas vacías.
No da portazos al levantarse.
Apaga la lámpara con la yema de los dedos,
recoge su impermeable gris
y cruza el zaguán con la levedad
de quien no pisa las baldosas.
A veces roza una cortina al pasar,
deja abierta una rendija hacia la noche
y sale al camino de grava sin apurar el paso.
Después, el cuarto huele a lluvia antigua
y a sábanas dobladas que guardan el frío.
La taza sigue sobre la mesa, intacta,
la silla conserva la forma de la pausa,
y queda en la casa un aire tan quieto
que dan ganas de asomarse a la ventana
para verla perderse entre la niebla.
Antonio Portillo Spínola ©

  • Autor: Spinoport (Seudónimo) (Online Online)
  • Publicado: 22 de septiembre de 2026 a las 04:28
  • Comentario del autor sobre el poema: La huésped del último andén representa la muerte convertida en una viajera silenciosa. No llega como una amenaza, sino con la apariencia familiar de alguien que podría pertenecer a la casa. Su equipaje simboliza el paso definitivo: el pasaporte sin rostro alude a la pérdida de la identidad; las estaciones clausuradas, a los caminos que ya no pueden recorrerse; y los billetes con la vuelta arrancada, a la imposibilidad del regreso. La huésped no trae relojes, condenas ni cuentas pendientes porque se encuentra fuera del tiempo y de los juicios humanos. Tras su partida quedan la taza intacta, el frío y la forma de una pausa: señales de una presencia que apenas ha tocado la realidad, pero la ha transformado. El poema contempla la muerte sin estridencia, como un misterio inevitable que pasa junto a nosotros y continúa su viaje hacia la niebla.
  • Categoría: Sin clasificar
  • Lecturas: 1


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