Antonio Portillo Spínola

La huésped del último andén

Llega siempre con el calzado húmedo,
como quien ha caminado demasiado junto al río.
Nadie la espera a esa hora,
pero empuja la puerta entornada,
se sacude la llovizna del cuello
y pide permiso con la voz gastada de los andenes.
Alguien cree ver en ella a una parienta lejana,
una vecina que regresa tarde del mercado
o simplemente la sombra del peral contra los vidrios.
Ella no aclara el equívoco;
acepta una taza de té tibio,
se sienta en la silla que rechina
y escucha el rumor de la casa con la paciencia
de quien ha perdido el último tren y no le importa.
Sobre la mesa apoya su equipaje menudo:
una maleta de cuero agrietado,
un pasaporte amarillento donde ya no queda ningún rostro,
un horario de trenes con estaciones clausuradas
y una moneda extranjera que ya no compra nada.
No trae relojes,
no carga inventarios ni condenas;
solo billetes con la vuelta arrancada
y cartas dobladas en cuatro
que aprendió de memoria en posadas vacías.
No da portazos al levantarse.
Apaga la lámpara con la yema de los dedos,
recoge su impermeable gris
y cruza el zaguán con la levedad
de quien no pisa las baldosas.
A veces roza una cortina al pasar,
deja abierta una rendija hacia la noche
y sale al camino de grava sin apurar el paso.
Después, el cuarto huele a lluvia antigua
y a sábanas dobladas que guardan el frío.
La taza sigue sobre la mesa, intacta,
la silla conserva la forma de la pausa,
y queda en la casa un aire tan quieto
que dan ganas de asomarse a la ventana
para verla perderse entre la niebla.
Antonio Portillo Spínola ©