El nudo y la intemperie

Antonio Portillo Spínola

 

​Nacemos con la piel desarmada,

un temblor que busca otro latido.

Tardamos inviernos enteros en erguirnos,

en pronunciar el nombre de las cosas;

y hasta la voz más íntima —la ternura,

el hilo del pensamiento, la memoria—

es el eco de alguien que nos miró primero.

​A solas, somos la presa del viento.

Nadie encendió la brasa en el vacío

ni abrió el primer surco sin memoria:

somos la vasija que modelan

los dedos de los muertos,

un tapiz de deudas invisibles

donde cada pulso añade su hebra.

​Y en ese mismo enlace sangra la herida.

La misma mano que alivia la fiebre ajena

levanta el muro y afila el engranaje;

juntos aprendimos a techar la casa

y juntos a calcular el peso del estrago.

Apenas barro vulnerable

que resiste apretado contra el frío,

pero aún se desgarra al respirar tan cerca.

​Quizá nuestra ceguera más honda,

el espejismo que más nos condena,

sea creer que la salvación

puede pronunciarse en singular,

como si al deshacer el nudo

no regresáramos todos a la intemperie.

 

Antonio Portillo Spínola © 

  • Autor: Spinoport (Seudónimo) (Online Online)
  • Publicado: 18 de septiembre de 2026 a las 04:01
  • Comentario del autor sobre el poema: En “El nudo y la intemperie” reflexiono sobre la fragilidad del ser humano y su necesidad de los demás para sobrevivir, aprender y construir su identidad. Nacemos indefensos: incluso nuestras palabras, recuerdos y afectos proceden, en gran medida, de quienes nos cuidaron y nos enseñaron a mirar el mundo. La brasa, el surco, la vasija y el tapiz representan la herencia recibida de quienes vivieron antes que nosotros. Cada generación encuentra una obra comenzada y añade a ella una pequeña hebra. Por eso, ninguna vida puede considerarse completamente independiente. El poema también muestra nuestra contradicción: las mismas manos capaces de aliviar el sufrimiento, levantar una casa y proteger del frío pueden construir muros, alimentar mecanismos de crueldad y provocar destrucción. La unión nos ha permitido resistir, pero no nos ha enseñado todavía a convivir sin herirnos. El nudo simboliza los vínculos que nos unen, nos sostienen y, a veces, también nos aprietan. La intemperie representa la soledad, el desamparo y la vulnerabilidad a la que regresamos cuando esos vínculos se rompen. El cierre cuestiona la idea de una salvación individual: nadie puede salvarse completamente a solas, porque nuestra existencia siempre está entrelazada con la de los demás.
  • Categoría: Sin clasificar
  • Lecturas: 1


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