Nacemos con la piel desarmada,
un temblor que busca otro latido.
Tardamos inviernos enteros en erguirnos,
en pronunciar el nombre de las cosas;
y hasta la voz más íntima —la ternura,
el hilo del pensamiento, la memoria—
es el eco de alguien que nos miró primero.
A solas, somos la presa del viento.
Nadie encendió la brasa en el vacío
ni abrió el primer surco sin memoria:
somos la vasija que modelan
los dedos de los muertos,
un tapiz de deudas invisibles
donde cada pulso añade su hebra.
Y en ese mismo enlace sangra la herida.
La misma mano que alivia la fiebre ajena
levanta el muro y alimenta el engranaje;
juntos aprendimos a techar la casa
y juntos a calcular el peso del estrago.
Apenas barro vulnerable
que resiste apretado contra el frío,
pero aún se desgarra al respirar tan cerca.
Quizá nuestra ceguera más honda,
el espejismo que más nos condena,
sea creer que la salvación
puede pronunciarse en singular,
como si al deshacer el nudo
no regresáramos todos a la intemperie.
Antonio Portillo Spínola ©