A las tres y diecisiete apagaron el monitor.
Nadie cerró la persiana.
La tarde alcanzó tu mejilla,
ocupó un instante el hueco bajo el ojo
y continuó hasta la pared.
La pinza estaba abierta junto al monitor.
Un cerco pálido rodeaba tu índice.
El cable formaba dos vueltas exactas
sobre la mesa metálica.
A su lado, el vaso de agua.
La sábana subió desde los pies.
Bajo el algodón desaparecieron
las rodillas, el pecho, la boca.
Cuando cubrió tu frente,
una claridad cuadrada quedó extendida
sobre uno de sus pliegues.
Abrieron la puerta.
Las ruedas de la camilla cortaron cuatro veces
la franja de sol del pasillo.
Después se cerró la puerta.
El reloj cambió de cifra.
A las tres y dieciocho,
la mancha de luz había ascendido
dos centímetros por la pared.
Antonio Portillo Spínola ©
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Autor:
Spinoport (Seudónimo) (
Online) - Publicado: 15 de septiembre de 2026 a las 04:07
- Comentario del autor sobre el poema: Este poema contempla la muerte desde la quietud de una habitación de hospital. A las tres y diecisiete se apaga el monitor, el cuerpo desaparece bajo la sábana y la camilla abandona la estancia. No se explican el dolor ni la pérdida: quedan registrados en los objetos, en el cerco pálido del dedo, en el cable enrollado y en el vaso de agua que nadie ha tocado. Mientras todo lo humano se detiene, la luz continúa su recorrido. Las ruedas cortan cuatro veces la franja de sol, pero no consiguen destruirla. Un minuto después, la mancha luminosa ha ascendido dos centímetros por la pared. Ese pequeño desplazamiento contiene el sentido del poema: una vida termina, pero su paso no puede borrarse por completo. El archivo indestructible de la luz no afirma una inmortalidad religiosa ni científica; representa la huella que permanece cuando el cuerpo y el nombre ya no están. La luz no ofrece consuelo ni respuestas: simplemente continúa.
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

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