A las tres y diecisiete apagaron el monitor.
Nadie cerró la persiana.
La tarde alcanzó tu mejilla,
ocupó un instante el hueco bajo el ojo
y continuó hasta la pared.
La pinza estaba abierta junto al monitor.
Un cerco pálido rodeaba tu índice.
El cable formaba dos vueltas exactas
sobre la mesa metálica.
A su lado, el vaso de agua.
La sábana subió desde los pies.
Bajo el algodón desaparecieron
las rodillas, el pecho, la boca.
Cuando cubrió tu frente,
una claridad cuadrada quedó extendida
sobre uno de sus pliegues.
Abrieron la puerta.
Las ruedas de la camilla cortaron cuatro veces
la franja de sol del pasillo.
Después se cerró la puerta.
El reloj cambió de cifra.
A las tres y dieciocho,
la mancha de luz había ascendido
dos centímetros por la pared.
Antonio Portillo Spínola ©