La noche callada

Antonio Portillo



 

No es un fallo del pulso
ni una niebla que nuble la cabeza.

Es algo más hondo, más antiguo:
el alma que se sienta en su rincón
y apaga, despacio, los candiles.

No sangra hacia afuera.
No grita.

Es una piedra lisa en mitad del pecho,
un cántaro que ya no recuerda el peso del agua,
un pájaro que pliega las alas
no por cansancio del vuelo,
sino porque el aire ha perdido su peso de cielo.

La depresión
es quedarse a vivir en el zaguán de uno mismo:
mirar cómo pasan las horas, los nombres, los trenes,
y sentir que nada de aquello
te pertenece ya.

Es un invierno sin ramas ni nieve,
un frío descalzo que no busca abrigo
porque cree que su castigo
es permanecer a la intemperie.

Se cierran las puertas sin ruido.

El mundo afuera sigue su estruendo de mercados y prisas,
pero por dentro el silencio es tan espeso
que hasta rezar parece una mentira.

El alma no lo pide,
porque todo consuelo tiene prisa
y ella solo sabe estar
en el fondo del pozo,
esperando a que la sombra
termine de decir lo que calla.

Y, sin embargo…

allí, bajo el silencio,
queda un hilo de agua que no cesa.

No alcanza todavía los labios,
no devuelve los nombres ni los trenes,
pero baja por la piedra del pecho
y se recoge lentamente
en el cántaro vacío.

Cuando todo se derrumba
y cae la noche,
el barro del cántaro
empieza a recordar
el peso del agua,

y el pájaro, aún inmóvil,
nota otra vez en el aire
el peso del cielo.

 

Antonio Portillo Spínola © 

  • Autor: Spinoport (Seudónimo) (Online Online)
  • Publicado: 10 de septiembre de 2026 a las 08:20
  • Comentario del autor sobre el poema: En este poema intento expresar la depresión como algo más profundo que la tristeza. Es una retirada interior: el alma apaga sus candiles, se queda detenida en el zaguán de sí misma y contempla cómo el mundo continúa sin sentirse ya parte de él. La piedra representa el peso inmóvil que se instala en el pecho; el cántaro vacío, la pérdida de aquello que antes nos llenaba; y el pájaro con las alas plegadas, la incapacidad de volver a sentir el impulso de vivir. Incluso el consuelo parece lejano, porque quien se encuentra en ese pozo no siempre tiene fuerzas para pedir ayuda ni para creer en las palabras que recibe. Sin embargo, el poema no termina en una oscuridad absoluta. Permanece un hilo de agua que desciende por la piedra y llega hasta el cántaro. Es una esperanza mínima, todavía incapaz de devolver los nombres, los trenes o la vida perdida, pero suficiente para que el barro empiece a recordar el peso del agua y el pájaro vuelva a percibir el cielo. Para mí, salir de la depresión no comienza con una luz deslumbrante ni con una alegría repentina. Comienza con algo casi imperceptible: una parte de nosotros que, aun permaneciendo inmóvil, empieza a recordar que alguna vez estuvo viva.
  • Categoría: Sin clasificar
  • Lecturas: 1


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